viernes, 24 de octubre de 2008

La lengua de Miguel Ángel Asturias


A principios de este año, la Editorial Universitaria publicó Hombres de maíz -edición crítica- de Miguel Ángel Asturias, con una introducción y notas aclaratorias de José Mejía. En primer lugar, habría que hablar de la edición crítica que plantea esta edición.
Según sé, la motivación de esta edición crítica surge tras la publicación de esta misma novela, en la serie de la Colección Archivos, que estableció notas con el criterio de Gerald Martin, uno de los estudiosos más famosos de la obra de Asturias.
La Colección Archivos fue una serie que se inició gracias a la donación de los manuscritos de Asturias a la Unesco, para iniciar las publicaciones de obras latinoamericanas con establecimiento de notas, críticas y estudios lingüísticos comparativos entre el manuscrito original y la publicación final.
Sin embargo, a criterio de Mejía, Gerald Martin no habría realizado el trabajo de explicar los “chapinismos” dentro de Hombres de maíz, básicos para mejorar la compresión del lenguaje barroco de Asturias.
Entonces, el lector encontrará en esta edición de Hombre de maíz una obra llena de pies de páginas, entre dos y diez, aproximadamente, por cada folio, en donde explica la ubicación de lugares geográficos, las variaciones lingüísticas y las definiciones de las palabras de compresión difícil.
Obviamente, una edición así es bienvenida, ya que el trabajo intelectual realizado por Mejía es, por demás, reconocible.
La edición crítica de la Colección Archivos, sobre todo el establecimiento de notas de Gerald Martin, se basan usualmente en explicaciones de tipo antropológico; es común encontrar algunas explicaciones sobre las posibles influencias que tuvo el Premio Nobel para escribir esta obra, en especial las referencias a los textos precolombinos de América.
Asturias se guió, en sus primeros años, por una estética afín al surrealismo; para crear efectos oníricos, se basa en el barroquismo sonoro. Quiero decir, con ello, que la estética asturiana, en muchos de sus libros -incluido Hombres de maíz-, está compuesta por un rico barroquismo, en la que no importa, a veces, el significado sino el sonido. En alusión a las notas explicativas de Mejía, estas sirven para hacer más enriquecedora la experiencia lectora, ya que Asturias también ofrece una amplia gama de significaciones.
De Hombres de maíz, como novela, no debería decir nada, porque es uno de los textos más conocidos e interpretados por la crítica asturiana. Pero, por no faltarle el respeto a los lectores que aún no han tenido la oportunidad de conocer esta obra, daré una breve referencia.
Básicamente, Hombres de maíz es una “supercompilación” de cuentos. El personaje principal, tal vez, sea Gaspar Ilom, el campesino indígena que lucha en contra de los que quieren vender el maíz, ya que consideraba a este producto sagrado.
Lo que da cohesión como novela es la aparición de los personajes de un cuento en otro, y usualmente hay puntos de encuentro de las historias, es decir, se cruzan las historias en un tiempo y espacio determinado, tal como ocurre en ciertas películas contemporáneas en donde se cuentas varias historias que confluyen todas en un hecho (por ejemplo, la mexicana Amores perros o la estadounidense Pulp fiction de Quentin Tarantino).
Esta fusión de historias permite al autor expresar decenas de historias, en donde las diversas corrientes culturales que cohabitan en Guatemala, se mezclan, se funden o, mejor dicho, se confunden, dando paso a un rasgo característico en las novelas de Asturias: la interculturalidad de sus personajes.

miércoles, 22 de octubre de 2008

El deporte es el opio de los pueblos

En torno al futbol se ha generado uno de los negocios más rentables del planeta. Los grandes capitales financieros (esos mismos que provocaron la crisis “subprime”) se han volcado a comprar acciones de los equipos de las ligas más competitivas.
El gran capital energético ruso, los bancos estadounidenses, los petrodólares de Medio Oriente, los gobiernos, los medios de comunicación y hasta la mafia italiana están vinculados con los equipos fuertes de Inglaterra, Italia, España, Francia y Alemania. Aunque la prensa deportiva no le preste mucha atención, el futbol -y en general el deporte- se ha visto envuelto en escándalos, como los partidos amañados del futbol italiano, esos jugadores que sorpresivamente padecen un mal cardíaco con apariencia de mal congénito, el dopaje en el ciclismo y los esteroides en el béisbol; todo ello realizado en favor de mantener el gran negocio.
Además, el deporte ha perdido el piso en cuanto a salarios. Un jugador con escasa escolaridad, es capaz de ganar millones, mientras que un científico investigador con suerte logrará que una organización lo financie por tiempo limitado.
En Guatemala, el negocio debe de ser incipiente, pero ya debe de haber intención. De algo estoy seguro: ningún equipo nacional es tan taquillero para poder sobrevivir sólo de su afición; ni siquiera de sus patrocinadores.
Ha habido ejemplos de que figuras políticas, incluso en función del poder, han realizado “aportes” -pero no constitucionales- a oncenas de su predilección. Cabe señalar como los más significativos que el Club Aurora ganó sus coronas de campeón durante la época de represión militar y que, con los Acuerdos de Paz y la regularización del presupuesto castrense, los aurinegros han caído hasta la Tercera División.
Todo ello me surge tras el fracaso de la Selección Nacional, ya que instantáneamente la prensa deportiva culpó al técnico Ramón Maradiaga, sin realmente justificar esto. Obviamente, hay culpables, y técnicos, jugadores, directivos, etcétera, tienen parte de la culpa. Pero es más visible que planteamos unos esquemas deportivos alejados de nuestra realidad; los equipos guatemaltecos también han disparado los salarios de los jugadores. Futbolistas centroamericanos han encontrado un refugio en Guatemala, y han recibido ofertas casi similares a las del poderoso futbol mexicano.
El deporte ha dejado de ser una sana entretención. En torno a él hay bajas pasiones, alcoholismo y evasión de la realidad.
Personalmente, me alegra que la Selección Nacional no continúe su camino hacia el Mundial de Sudáfrica, no por ser poco nacionalista, sino porque el modelo futbolístico que tenemos emula muy bien el sistema corrompido que tenemos en el resto de la comunidad. Es preferible sanear el futbol antes de que realmente se llegue a una cita mundialista.
El deporte, especialmente el futbol, puede servir como una vía para desviar dinero, ya que, bajo el escudo de la autonomía, se tiene una verdadera impunidad para hacer lo que se quiera.
Espero que esto revuelva la reflexión y que no nos tiremos a la opinión fácil de culpar a un técnico -que poco o nada puede hacer con un sistema maleado- o a los jugadores -que poco o nada pueden hacer en un futbol local que raya en lo mediocre-.
El deporte sirve, además, para adormilarnos y desviar nuestra atención y conciencia social, ya que mientras haya un partido de la Selección o la Vuelta Ciclística a Guatemala, los problemas son más fáciles de esconder. Parodiando a Marx, el deporte es el opio moderno de los pueblos.

El retorno de la poesía aforística


Hace dos meses, aproximadamente, Edgardo Barreda presentó su más reciente poemario Sueños de luz y sombras, un libro que rinde culto al aforismo y a la poesía brevísima.
Barreda (1947) es un escritor guatemalteco con poca proyección en los medios culturales, a pesar de tener varios poemarios publicados. Tiene un doctorado en Letras y Filosofía y es abogado de profesión.
De su anterior poemario, Mundo de contradicciones, una compilación de 40 años de poemas, he extrapolado una de sus características (o métodos) poéticas para construir su obra literaria. Pues, tal y como dice ese título, la contradicción es el germen de donde surge su sentimiento y/o idea.
El título de Sueños de luz y sombras también revela el gusto y la continuidad por la contradicción. En el poema que, tal vez, da nombre al poemario, titulado “Luz y sombra” (página 43), Barreda ofrece su visión por esta contradicción. La luz, como tradicionalmente se concibe, representa la razón, la inteligencia, la vida, el dominio sobre sí mismo; mientras que la sombra, todo lo contrario.
Barreda, con sus seis décadas de vida, debió de haber vivido una Guatemala -por no decir un mundo- polarizado, marcado por la contradicción, es decir, por la oposición de los discursos. Por ello, supongo que un discurso poético válido para esa generación surge en la insatisfacción, tal como lo expresa en el poema titulado “Inconformidad”:

Algo anda que no camina
algo viene que no anda. (p. 10)

El corto ejemplo anterior me conduce para señalar otra característica del poemario: la brevedad.
El aforismo, pensamiento breve, surge en poemas como “Del querer al ser”:

Quise ser poeta de esperanza
y el dolor me alcanzó en la esquina. (p. 12),

que inevitablemente me evocó un famoso graffiti de Madrid que dice:

La sabiduría me persigue, pero yo soy más rápida.

Otros ejemplos de brevedad en Barreda es un uso a semejanza del haikai, no por la versificación, sino por la estrategia de enunciar un objeto y luego metaforizarlo, como en “El trabajo”:

Hijo de mis manos y de la mente
puedes ser juego o castigo
alegría o cadenas de la vida. (p. 29)

La brevedad ya había sido estrategia válida en la literatura, como en el vanguardista español Ramón Gómez de la Serna con sus “Greguerías”, o en los aforismos intelectualoides que Augusto Monterroso otorga a su personaje Eduardo Torres en la novela “Lo demás es silencio”, en donde ofrece un verdadero culto a la brevedad:

Un fragmento es a veces más pensamiento que todo un libro moderno. En su afán de síntesis, la Antigüedad llegó a cultivar mucho el fragmento. El autor antiguo que escribió los mejores fragmentos, ya fuera por disciplina o porque así lo había dispuesto, fue Heráclito. Es fama que todas las noches, antes de acostarse, escribía el correspondiente a esa noche. Algunos le salieron tan pequeños que se han perdido.
La brevedad fue el ideal del futurismo de Marinetti y es un síntoma de un mundo acelerado. La velocidad posmoderna evade las palabras, pero el poeta aún siente la obligación de hablar; ése -considero- es la intención de Barreda, tal como lo expresa en “La palabra”:

Si ya todo se ha dicho si todo está escrito
nos quedaría solo callar para que los cangrejos
retrógrados duerman felices.” (sic) (p. 36),

dice el poeta con cierta amargura.
La brevedad casi aforística es lo más destacable de este poemario, compuesto por tres secciones, la mayoría con poemas de dos o tres líneas a lo sumo. Mucha de la temática de estos textos es idealista, moralista y romántica, características que gusta mucho a cierto tipo de público. Por ejemplo, poemas como “Buenos y malos”:

Lo que más daño le ha hecho a la Humanidad, es dividirla en buenos y malos y considerarse los buenos, con este triste pensamiento, se han cometido atrocidades contra pueblos enteros, donde habitan personas tan inocentes como nuestros pequeños hijos; todos los seres humanos tenemos sentimientos y un espíritu, y pensar que las guerras horrendas se cometen en nombre de la paz y la libertad.” (p. 26)

De nuevo surge la dicotomía y la contradicción entre la “luz” y la “sombra”; sin embargo, ya hay un tono moralizante que, aunque válido, corre el peligro de caer en el lugar común y en la opinión fácil pero sin profundidad; he ahí los peligros estéticos de este poemario.

Barreda, Edgardo. Sueños de luz y sombras -poemas y pensamientos breves- Guatemala: Palo de Hormigo (Colección Tres K-Tunes, serie Isabel de los Ángeles Ruano, No. 22), 2008. 51 páginas. ISBN: 978-99939-62-61-8.

sábado, 18 de octubre de 2008

“Chiquita” de Antonio Orlando Rodríguez, o las enseñanzas de un prestigioso premio


Recientemente, estuvo en el país el escritor Antonio Orlando Rodríguez, ganador del Premio Alfaguara de 2008, con su novela Chiquita. Pese a que este autor no era ampliamente conocido, la ventaja de ganar este galardón es que su obra será conocida en todo el continente y en España, además de que tiene posibilidades de ser traducido.
El Premio Alfaguara ha servido, en varias ocasiones, para terminar de posicionar a escritores reconocidos en todo el mundo hispanohablante. Así fue con Sergio Ramírez, en 1998, con su novela Margarita, está linda la mar, y, desde entonces, es el escritor centroamericano más difundido.
Asimismo, se puede decir de Elena Poniatowska (La piel del cielo, 2001), Tomás Eloy Martínez (El vuelo de la reina, 2002), o Laura Restrepo (Delirio, 2004), quienes ya tenían una carrera de éxito, pero el Alfaguara les dio extensión. O Santiago Roncagliolo (“Abril rojo”, 2006), quien es la punta de lanza de la nueva generación de escritores hispanoamericanos.
Sin embargo, el Premio Alfaguara ha sido catalogado, en otras ocasiones, como un boom comercial y que las obras seleccionadas no representan letras de calidad, ni mucho menos representativas de la realidad hispanoamericana.
Siento mucho no estar de acuerdo con la anterior afirmación. Alfaguara es una editorial que no arriesga mucho; es decir, gusta de narrativa (evita la poesía, el teatro, el ensayo o cualquier otro género literario) tradicional y que tenga atractivo comercial. No veo nada de malo en ello, porque ningún editor -creo yo- le gustaría tener almacenado en bodega un tiraje enorme de un libro; de hecho, creería que el mayor gusto de un editor son las reimpresiones.
Sin embargo, supongo -de buena fe, porque quiero hacerlo así- que el jurado de este premio no está viciado por ninguna dirección de la editorial, que exigiría ciertos lineamientos temáticos y formales de la novela que se seleccionará (aunque habrá opiniones que refuten esto). Con esta suposición, pensaré que el certamen es completamente abierto y que puede ser ganado por cualquiera.

En entrevista
Cuando Antonio Orlando Rodríguez vino a Guatemala, promocionando Chiquita, pude conversar con él, y la impresión posterior fue que ganar el Alfaguara debe de ser uno de los concursos más difíciles que hay en las letras hispanohablantes.
En la entrevista, Rodríguez logró dignificar este premio, sobre todo porque es un escritor serio, que no buscó un golpe de suerte con este concurso. Antonio Orlando tardó diez años en escribir esta novela. Aunque no niego que la literatura ha tenido genios que pueden redactar libros en un mes, creo que en el común de los mortales lo que vale es la perseverancia al construir su texto literario; largas jornadas de escribir, plantear, replantear, corregir, tachar, escribir y seguir escribiendo.
El jurado del Premio Alfaguara recibe, anualmente, cientos de novelas (este año fueron 511) que, tal vez, fueron escritas con la presión de ser presentadas a este concurso. “Yo tenía la novela escrita, y me editor me sugirió que la enviara al concurso”, comentó Rodríguez. Es decir, que no se escribe para un concurso, sino que éste es una opción una vez concluido el texto.
“Yo quedé satisfecho con el trabajo de esta novela. Si no hubiera ganado, igual yo hubiera estado satisfecho”, afirmó el ganador del Alfaguara.
Quiero hacer notar esto, porque es lo que surge de una novela ganadora de un premio. Es probable que haya escritores que quieran dar el brinco total desde el anonimato al best seller con ganar un premio, pero no se debe escribir en función de ello.
Hay tres consejos que Antonio Orlando da para los jóvenes escritores: “Escribir sólo lo que les gusta; no enamorarse de lo que escriben, y guardar los textos en un cajón y revisarlo -al menos- un mes después”, aconsejó el autor.
Rodríguez es periodista cultura de profesión. A diario, escribe sobre sus proyectos literarios, además de los reportajes. No es la primera vez que publica; de hecho, tiene varios libros, algunas novelas, otros de literatura infantil, y otros, ensayos sobre crítica literaria. Algunos de estos textos, han sido traducidos al inglés.

La novela
De Chiquita me limitaré a decir que es una novela seria, pero por su forma de haber sido concebida. El argumento es sobre una mujer cubana que medía 26 pulgadas de estatura y que, pese a su evidente limitación, triunfó como bailarina y cantante en el vodevil de Nueva York.
Espiridiona Cenda, la protagonista, es un personaje que no es cuadrado. Por momentos, se le lee sensible y el lector siente compasión por sus limitaciones, pero otras veces se convierte en un ogro y el lector siente repulsión.
Hay que aclarar que Espiridiona fue un personaje real, pero poco conocido. Antonio Orlando Rodríguez debió realizar un gran esfuerzo para investigar la historicidad de esta protagonista, y otro esfuerzo más para crear ficción tras lo que descubrió. Este personaje de 26 pulgadas me parece una de los principales aciertos del autor, ya que evade la figura del “héroe” tradicional, que tiene todo para triunfar; la literatura contemporánea tiende a buscar sus historias y personajes en los márgenes del centro hegemónico, pero para que la novela resulte, tiene que dar tumbos entre el éxito y el fracaso, y esta historia real tiene todos los elementos necesarios.
Es una novela extensa; sus 500 páginas asustan de entrada a cualquier lector. Pero la narración es amena y la diagramación adecuada, lo cual permiten una lectura ágil. Personalmente, rechazo la idea de que los tiempos modernos exigen libros pequeños, mejor si son cuentos brevísimos, o, por lo menos, novelas con pequeños capítulos. Este carácter sólo encamina a venderse dentro de un público que no está acostumbrado a leer por varias horas, sino que, tal vez, sólo lee mientras espera la consulta del médico; o demuestra que nuestra cultura está marcada más por la rapidez de la televisión. Debemos fomentar, de nuevo, la lectura de las novelas extensas, para luchas contra la velocidad irreflexiva de la vida moderna.