Conozco
a un señor, de 70 años de edad, quien me contó que en menos de una semana lo
asaltaron dos veces en la misma ruta de la camioneta. Afortunadamente, no le
robaron mayor cosa, porque a sabiendas de cómo es la situación en el país,
viaja en las camionetas sin pertenencias valiosas, y sólo guarda un billete de
a Q20, Q50 o, si mucho, Q100, en caso de que le exijan algo.
Hace
poco, también, pudo observar desde una calle opuesta, cómo dos hombres –que
caminaban como quien no quiere la cosa– hicieron un movimiento rápido para que
uno le apretara el cuello a un señor que caminaba por la acera, mientras que el
otro delincuente le buscaba entre los bolsillos.
Me
llama la atención que los guatemaltecos ya hemos aprendido a vivir, por no
decir “conformado”, con la delincuencia. La tomamos como una actividad más o
menos probable de la cual consideramos que tarde o temprano caeremos, y que,
ante la impotencia de las autoridades, hemos ideado estrategias para que el
impacto no sea tan negativo.
Por
ejemplo, quizá usted conocerá a más de alguno que tiene dos teléfonos
celulares, uno de ellos (el que utiliza habitualmente) podría ser un Smartphone
o algo por el estilo, y que siempre lo lleva escondido, mientras que a la mano
(en el bolsillo o sobre el asiento del copiloto en el carro) lleva otro, más
barato, del estilo “Frijolito”, que le llaman.




