En la tradición cristiana -recordada sobre todo en estos
días por los rituales católicos-, la figura de Juan el Bautista es muy
importante, ya que su voz resuena en las vísperas de los inicios de la
actividad pública de Jesús. La Iglesia Católica, en su ciclo de lecturas, ubica
esta historia no en forma cronológica, sino que siguiendo un criterio
pedagógico lo ubica previo a la celebración del nacimiento de Cristo.
La figura de Juan el Bautista es encantadora. Previo a él,
la tradición judía había registrado profetas más importantes por sus logros, o
al menos con una voz más poética. Pero a Juan le correspondió el privilegio de
haber antecedido a Jesús, por lo que su papel cobró más relevancia.
Él se define como la “voz que clama en el desierto”,
alejándose de la tradición de los profetas que gritaban en la plaza o frente a
los palacios. Seguramente, en ese tiempo hubo otros “activistas” que gritaban
en estos lugares más públicos, quizá con el ansia de ganar protagonismo, lo que
equivaldría a estar hoy día acusando con denuncias falsas en el Ministerio
Público, o subido en un banco dentro del Hemiciclo del Gobierno, o
vanagloriándose de sus logros en la ONU. Por ejemplo.
Pero Juan gritaba en el desierto. Donde nadie lo oía. Donde
nadie pasaba, salvo por necesidad. Pese a ello, la insatisfacción espiritual de
las personas ha hecho que siempre busquen algo más que los llene, y que a veces
no lo encuentran en los Megatemplos o en los centros comerciales. Entonces Juan
empezó a recibir cada vez a más gente, a tal punto que hasta el mismo Jesús
acudió a él, previo a iniciar su misión.
