Uno de mis sueños recurrentes es que corro largas distancias, de un punto de la ciudad a otro punto, casi opuesto, y sin cansarme. Me sueño con mi respiración constante, con la satisfacción que avanzo y avanzo, sin que nada ni nadie me pueda detener.
(Otras veces sueño que nado sin cansarme, y también es placentero.)
Pero, en realidad, correr tiene su cara fea y es que el cansancio y la necesidad de más oxígeno es lo único malo que podría tener. Sin estos aspectos de cansancio, correr –sin necesidad de huir- sería uno de los actos de mayor libertad del ser humano.
Al principio, por no sé qué extrañas condiciones de mi organismo, yo podía correr largas distancias. Superaba las pruebas más difíciles (como correr 3 200 metros en doce minutos, aunque lograba hacer 4 000 en ese lapso).
Supongo que una niñez llena de actividad física, jugar futbol y bajar barrancos y subir volcanes, hizo que se desarrollara en mí un cuerpo sano.
Después, por no sé qué extrañas condiciones de mi organismo, mi cuerpo se fue haciendo más apto para correr a corta velocidad.
Las diferencias entre correr carreras de fondo y carreras cortas, es casi como las diferencias entre el amor duradero y el amor que profesaba don Juan Tenorio, es decir, que el amor de un día es tan intenso que logra amar lo que otras personas necesitan toda una vida para hacerlo.
La carrera corta no es menos que la larga. Por su intensidad, se puede terminar tan o más agotado que con la carrera larga.
En ese verano de 1995, durante las competencias estudiantiles, logré entrar en el equipo de atletismo del colegio, para competir en las carreras cortas (hasta donde yo sé, no había competencias de pruebas de fondo para estudiantes). En mi primera carrera, mi falta de experiencia no me hizo notar algunos puntos muy importantes:
- No hay que llegar desvelado.
- No hay que desayunar.
- Los spikes, de preferencia, más pequeños o ajustados al pie; jamás más grandes; sólo son pocos segundos de andar con zapatos que no son a la medida.
- Hay que calentar.
- Sobre todo, hay que guardar todas las energías posibles.
Además, ocurrió una serie clasificatoria que yo no entendí, y pensé que a la final simplemente llegaban los primeros de cada corrida, pero luego indicaron que pasaban los mejores tiempos. Así que yo me conformé, en la eliminatoria, llegando en segundo lugar, sin saber la necesidad de apurar el paso, a pesar de que llevaba ventaja sobre otros.
Una semana después, me fui preparando más, pero sin mucha suerte. Y así, semana tras semana.
Hasta que por fin, mi angustia encontró fin. Era la última semana de competencia.
Fue una semana de mucha austeridad física. Muy dura. Me imagino que los atletas y deportistas profesionales deben pagar esta factura mientras dure toda la temporada. En realidad, se nota quién tiene una disciplina y quién no.
Por alguna razón climática, en ese último día de competencias, se suspendieron las competencias individuales, y sólo se realizarían las carreras de relevos. Yo, que por motivos de estrategia colectiva casi siempre iniciaba el relevo (bajo la estrategia de que, por ser competencia en equipo, hay que tomar la delantera desde el inicio), rogué que, por esta vez, me dejaran rematar la carrera.
En realidad, a mi equipo no le importaba mucho, después de varias semanas de perder.
Por sorteo, mi equipo tenía el carril de adentro (una ventaja psicológica). A mi lado, uno de los corredores que se había cansado de ganarme en toda la temporada. En el carril siguiente, un negro de casi dos metros (a quien ahora miro seguido, ya que trabaja como médico cerca de donde yo trabajo).
La competencia terminó; los corredores se ven avanzar lentos, aunque el relevista está muy impaciente y casi quiere salir corriendo sin tener siquiera la estafeta. Esperar el último relevo ha de ser, algo así como un condenado a muerte espera la fecha de su condena: lenta, pero que avanza sin misericordia.
Para más angustia, observaba que mi equipo perdía cierta ventaja. Ellos casi no lo miraban, porque al inicio, la ventaja del carril de adentro es una desventaja. Sólo hay que correr, correr libremente, como quien corre sin necesidad de huir, y sin importar si el otro va a la par, o va muy adelante. Hay que correr lo mejor que se pueda.
Por fin va llegando la estafeta. Aún no se ha sorteado esa angustia de tomar bien la estafeta, sin temor a que se caiga, pero tampoco sin asegurarse tanto, lo cual implica perder centésimas de segundo.
Irremediablemente, me percibo en último lugar, cuando por fin recibo la estafeta. Pero al ir cruzando en la última curva, me voy dando cuenta de que ocupo el segundo lugar.
A pesar de la bulla, los gritos que vitoreaban a sus equipos, al entrar a la última recta, todo es silencio. Todo es inmóvil. Sé que me estoy moviendo lo más rápido que puedo; sé que estoy poniendo toda la energía que pondría durante una carrera larga; sé que estoy amando todo lo que puedo en diez segundos, como si ese amor fuera suficiente para toda una vida.
Ahí percibí por primera vez que Zenón de Elea tiene la razón. No hay movimiento. Mientras miraba en cámara lenta al público y a la meta, mis compañeros de al lado, sin suponer mis sentimientos, trataban de ganarme, sobreponiendo sus deseos de triunfo. Pero todos corriendo a la mayor velocidad posible, entre nosotros no había movimiento, permanecíamos codo a codo. Como bloque estático nos íbamos moviendo, aunque de esto sólo el público externo podía apreciarlo.
Mi segundo lugar no me importaba mucho. Yo quería el primero. Pero por mucho que corrí lo más veloz posible, el que iba delante logró conservar esas centésimas que me aventajaba.
Al terminar, no me sentía satisfecho. Pero no me había dado cuenta de lo que en realidad había pasado. Yo que por intentar rebasar al primero, no me di cuenta que los que venían atrás también querían aventajarme, y sentía con respecto a mí, lo mismo que yo sentí con el que ganó.
Lastimosamente, en ese momento, correr era para alcanzar, que, al fin de cuentas, es lo mismo que correr para huir, porque pareciese que yo huía de quienes terminaron de tercer a octavo lugar.
Mi carrera en el atletismo concluyó ahí. Al año siguiente, acudí al equipo universitario de atletismo, con la idea de ganar unas cuantas centésimas de segundo y poder ir a las Olimpiadas de Sydney. Pero un estadio universitario en reparación (que significaba de que se había suspendido al equipo) y sedentarismo, hicieron que viera la carrera de cien metros planos de Australia desde la tele, y no con los spikes puestos.
Hoy aún, de vez en cuando, sueño que corro y que no me canso, como un Jesse Owens que corría para demostrar al mundo que él también tenía dignidad.


