viernes, 30 de abril de 2010

Running Around

Correr es un placer. Poco comprendido, quizá. Pero correr sin tener la necesidad de huir, porque de esa cuenta correr es otra cualquier otra cosa, menos placer.

Uno de mis sueños recurrentes es que corro largas distancias, de un punto de la ciudad a otro punto, casi opuesto, y sin cansarme. Me sueño con mi respiración constante, con la satisfacción que avanzo y avanzo, sin que nada ni nadie me pueda detener.

(Otras veces sueño que nado sin cansarme, y también es placentero.)

Pero, en realidad, correr tiene su cara fea y es que el cansancio y la necesidad de más oxígeno es lo único malo que podría tener. Sin estos aspectos de cansancio, correr –sin necesidad de huir- sería uno de los actos de mayor libertad del ser humano.

Al principio, por no sé qué extrañas condiciones de mi organismo, yo podía correr largas distancias. Superaba las pruebas más difíciles (como correr 3 200 metros en doce minutos, aunque lograba hacer 4 000 en ese lapso).

Supongo que una niñez llena de actividad física, jugar futbol y bajar barrancos y subir volcanes, hizo que se desarrollara en mí un cuerpo sano.

Después, por no sé qué extrañas condiciones de mi organismo, mi cuerpo se fue haciendo más apto para correr a corta velocidad.

Las diferencias entre correr carreras de fondo y carreras cortas, es casi como las diferencias entre el amor duradero y el amor que profesaba don Juan Tenorio, es decir, que el amor de un día es tan intenso que logra amar lo que otras personas necesitan toda una vida para hacerlo.

La carrera corta no es menos que la larga. Por su intensidad, se puede terminar tan o más agotado que con la carrera larga.

En ese verano de 1995, durante las competencias estudiantiles, logré entrar en el equipo de atletismo del colegio, para competir en las carreras cortas (hasta donde yo sé, no había competencias de pruebas de fondo para estudiantes). En mi primera carrera, mi falta de experiencia no me hizo notar algunos puntos muy importantes:

  • No hay que llegar desvelado.
  • No hay que desayunar.
  • Los spikes, de preferencia, más pequeños o ajustados al pie; jamás más grandes; sólo son pocos segundos de andar con zapatos que no son a la medida.
  • Hay que calentar.
  • Sobre todo, hay que guardar todas las energías posibles.


Además, ocurrió una serie clasificatoria que yo no entendí, y pensé que a la final simplemente llegaban los primeros de cada corrida, pero luego indicaron que pasaban los mejores tiempos. Así que yo me conformé, en la eliminatoria, llegando en segundo lugar, sin saber la necesidad de apurar el paso, a pesar de que llevaba ventaja sobre otros.


Una semana después, me fui preparando más, pero sin mucha suerte. Y así, semana tras semana.


Hasta que por fin, mi angustia encontró fin. Era la última semana de competencia.


Fue una semana de mucha austeridad física. Muy dura. Me imagino que los atletas y deportistas profesionales deben pagar esta factura mientras dure toda la temporada. En realidad, se nota quién tiene una disciplina y quién no.


Por alguna razón climática, en ese último día de competencias, se suspendieron las competencias individuales, y sólo se realizarían las carreras de relevos. Yo, que por motivos de estrategia colectiva casi siempre iniciaba el relevo (bajo la estrategia de que, por ser competencia en equipo, hay que tomar la delantera desde el inicio), rogué que, por esta vez, me dejaran rematar la carrera.


En realidad, a mi equipo no le importaba mucho, después de varias semanas de perder.


Por sorteo, mi equipo tenía el carril de adentro (una ventaja psicológica). A mi lado, uno de los corredores que se había cansado de ganarme en toda la temporada. En el carril siguiente, un negro de casi dos metros (a quien ahora miro seguido, ya que trabaja como médico cerca de donde yo trabajo).


La competencia terminó; los corredores se ven avanzar lentos, aunque el relevista está muy impaciente y casi quiere salir corriendo sin tener siquiera la estafeta. Esperar el último relevo ha de ser, algo así como un condenado a muerte espera la fecha de su condena: lenta, pero que avanza sin misericordia.


Para más angustia, observaba que mi equipo perdía cierta ventaja. Ellos casi no lo miraban, porque al inicio, la ventaja del carril de adentro es una desventaja. Sólo hay que correr, correr libremente, como quien corre sin necesidad de huir, y sin importar si el otro va a la par, o va muy adelante. Hay que correr lo mejor que se pueda.


Por fin va llegando la estafeta. Aún no se ha sorteado esa angustia de tomar bien la estafeta, sin temor a que se caiga, pero tampoco sin asegurarse tanto, lo cual implica perder centésimas de segundo.


Irremediablemente, me percibo en último lugar, cuando por fin recibo la estafeta. Pero al ir cruzando en la última curva, me voy dando cuenta de que ocupo el segundo lugar.


A pesar de la bulla, los gritos que vitoreaban a sus equipos, al entrar a la última recta, todo es silencio. Todo es inmóvil. Sé que me estoy moviendo lo más rápido que puedo; sé que estoy poniendo toda la energía que pondría durante una carrera larga; sé que estoy amando todo lo que puedo en diez segundos, como si ese amor fuera suficiente para toda una vida.


Ahí percibí por primera vez que Zenón de Elea tiene la razón. No hay movimiento. Mientras miraba en cámara lenta al público y a la meta, mis compañeros de al lado, sin suponer mis sentimientos, trataban de ganarme, sobreponiendo sus deseos de triunfo. Pero todos corriendo a la mayor velocidad posible, entre nosotros no había movimiento, permanecíamos codo a codo. Como bloque estático nos íbamos moviendo, aunque de esto sólo el público externo podía apreciarlo.


Mi segundo lugar no me importaba mucho. Yo quería el primero. Pero por mucho que corrí lo más veloz posible, el que iba delante logró conservar esas centésimas que me aventajaba.


Al terminar, no me sentía satisfecho. Pero no me había dado cuenta de lo que en realidad había pasado. Yo que por intentar rebasar al primero, no me di cuenta que los que venían atrás también querían aventajarme, y sentía con respecto a mí, lo mismo que yo sentí con el que ganó.


Lastimosamente, en ese momento, correr era para alcanzar, que, al fin de cuentas, es lo mismo que correr para huir, porque pareciese que yo huía de quienes terminaron de tercer a octavo lugar.


Mi carrera en el atletismo concluyó ahí. Al año siguiente, acudí al equipo universitario de atletismo, con la idea de ganar unas cuantas centésimas de segundo y poder ir a las Olimpiadas de Sydney. Pero un estadio universitario en reparación (que significaba de que se había suspendido al equipo) y sedentarismo, hicieron que viera la carrera de cien metros planos de Australia desde la tele, y no con los spikes puestos.


Hoy aún, de vez en cuando, sueño que corro y que no me canso, como un Jesse Owens que corría para demostrar al mundo que él también tenía dignidad.


lunes, 19 de abril de 2010

Guión (boceto)


Un cuento (mejor una novela) sobre un médico alemán, viejo, ex militante nazi, desilucionado por la pérdida de valores en el mundo, que se encuentra varado en Lisboa, en el aeropuerto, porque la ceniza de un volcán en Islandia -cuyo nombre nadie sabe pronunciar- no deja que vuele a su cita URGENTE que tiene en Varsovia.

Entonces, no le queda más que alquilar un taxi que le ofrece llevarlo por carretera hasta su destino, eso sí, cobrando una suma increíble en euros.

El taxista, un senegalés que permanece en Europa con documentos falsos, no cree en esos caducos valores de la cultura occidental, pero está dispuesto a trabajar en el Viejo Continente con tal de mantener a su familia, que paradójicamente está en la pobreza por las deficiencias estructurales que dejó el colonialismo en su continente.

El camino atravesando la Europa central, ya desconocida por él (el médico y el taxista), le hace descubrir una faceta que no conocida y le hace recuperar la fe en la vida. Una nube de ceniza les cubre omnipresente el cielo.

jueves, 8 de abril de 2010

You're in the jungle, baby; you gonna die!


Sí, es cierto. La venida de Metallica a Guatemala me provocó más disgusto que alegría. Y, en consecuencia, no fui al concierto.


Metallica, para mí, significaba un cambio de la niñez a la adolescencia, en una época en que no entendíamos nada de nada; una época de muchos silencios en la sociedad guatemalteca.


Metallica vino a romper algunos moldes en las radios y algunos tímpanos de las viejitas. La MetroStereo, a lo más que llegaba, era al pop rock fresa de Bon Jovi y Deff Lepard, que, para que se dimensione el fenómeno, sonaban en las fiestas de los Quince Años, cuando las agasajadas le hacían un guiño al de la disco (no Disk Jockey, término que no existía en los ochenta) para bailar pegadas con su chambelán (término utilizado gracias a una telenovela mexicana de la época).


A los finales de los ochenta, no teníamos Internet para buscar las letras de las canciones, así que normalmente no sabíamos qué decían. Tampoco había YouTube y los discos eran una especie rara y carísima. Estaban los cassettes para grabar, pero casi nadie, que había comprado el disco a 40 quetzales (equivalentes a unos 1,600 tortrix de la época), estaba dispuesto a prestártelo para que lo grabaras gastando sólo dos quetzales en un cassette en blanco.


Total, que Metallica era para mí la expresión de mi paso de la niñez a la adolescencia. Claro está, luego vino su afresamiento para poder entrar a MTV, su demanda contra Napster -la cual no debería haber sido perdonada nunca por la subcultura rockera- y su posterior decadencia.


Tan decadentes, que ahora se permiten venir a un país con Guatemala, con 30 mil personas en un estadio que se miraba medio lleno, cuando estaban acostumbrados a recibir medio millón de personas en las ciudades más importantes del mundo.


En realidad, con Metallica, no estaba dispuesto a compartir una experiencia muy personal entre su música y mi vida, con 30 mil gentes, cuya mayoría no han de tener idea lo que significó el grupo en su época de auge.


Claro está, cada quien tiene derecho a ir a ver a un grupo por cualquier razón: si porque es legendario, si porque es popular, si porque es una experiencia de vida, si porque le regalaron la entrada, o porque simplemente va a cualquier puto concierto, sea el de Metallica o sea del de Magneto. Que Dios perdone a estos últimos.


Pero las razones para oponerme a ir al concierto de los Guns and Roses, la próxima semana en Guatemala, son más simples. Porque para Metallica había que tener valor para aguantarse a ir, porque al fin de al cabo son un excelente grupo.


Los Guns también marcaron su época. Incluso más que Metallica. El Apetite for Destruction fue un pasaporte al infierno, y el álbum doble, pero separado, Use your Illusion, fue la consolidación, en la transición entre los ochenta y los noventa del siglo pasado (sigh!)


Los Guns básicamente estaban formados por Axl Rose, la voz líder y principal compositor, y Slash, un guitarrista que podría ser considerado como uno de los mejores de la historia, sino hubiera pertenecido por tanto tiempo a una banda que no le exigió el 100% de su capacidad.


Sí, a veces aparecía Izzy, pero creo que sólo en Patience, y luego desapareció, porque una guitarra rítmica al lado de Slash era tan sosa, que la pudo haber ejecutado cualquier guitarrista charranguero de iglesia católica. Estaba Duff, pero el bajo de los Guns pudo haber sido ejecutado por cualquier principiante, ya que el bajo se basaba en tocar la nota relativa a su acorde. También estaba Dizzy, en los teclados, pero ahora que lo recuerdo, PUTA, jamás escuché un solo puto teclado en una canción de Guns. Y estaba Adler, o Sorum o cualquiera que pudiera tocar la batería en una secuencia bombo-redoblante-bombo-redoblante-bombo-redoblante, como si fuera una batería de iglesia evangélica.


Sí, sí, ahora que lo pienso mejor, los Guns sólo eran Axl y Slash. Y sin éste, los Guns no son, sólo es Axl. Al menos, deberían cobrar la mitad en los conciertos.


De cualquier forma, los Guns son los Guns, y fueron los artistas más dominantes de los años 1987-1991, y muchas de sus canciones son un himno de finales del siglo XX (sigh!).


Por ello, para los que estén emocionados con ir al concierto, les ofrezco mi top ten de las canciones de los Guns, para que estén atentos y se aprendan las canciones.


Número 10: Civil War

Sí, ya lo sé, en realidad esta casilla debería estar vacía, y es que sólo encontré nueve canciones que me gustan ahora que ha pasado el tiempo, y para rellenar puse ésta que no me parece tan mal.



Número 9: Since I don’t have you

Los Guns tenían el patín de continuar grabando covers, práctica habitual en las bandas de reciente inicio. Pero esta canción fue incluida en The Spaghetti Incident?, un disco basado sólo en covers. Fue el último disco con la banda completa, y de lo que poco que recuerdo de este disco, ésta es la única canción que ha perdurado en mi memoria. El video, además, fue el último en que aparece Slash como gunner.



Número 8: Live and let die

Otro cover, ahora extraído del original de Paul McCartney, que sirvió para la película homónima del 007. La versión McCartney estaba bien para la película, pero para mí los Guns le dieron otro aire, y le dan a la canción la oportunidad de ser escuchado fuera de las escenas en que se salva James Bond. Por cierto, desde hace ratos tengo en papel un post sobre la filosofía Bond y, precisamente, esta película.


El cover aparece en Use your Illusion.



Número siete: Don’t cry (cualquiera de las dos)

Sí, sí, ya sé, es que en realidad sólo encontré seis canciones, pero para hacer el top ten tuve que meter ésta, que, a pesar de todo, fue uno de los éxitos de la época. ¿Alguien sabe qué les dio por hacer dos versiones de ésta? ¿Y prácticamente igual? ¡Quién sabe! Esta doble canción fue incluida en el álbum doble de Use your Illusion, cada una en disco distinto.



Número seis: Paradise City

Ahora sí, empieza lo bueno. Paradise City fue el primer sencillo de Apetite for Destruction, el álbum que lanzó a la fama mundial al grupo. Las anteriores canciones que mencioné quizá no sean interpretadas en el concierto; quizá sólo Live and let die. Pero ésta seguramente será la que cierre el concierto por ser la paradigmática de la banda. Luego de que el rock en inglés se estaba afresando con Bon Jovi, Scorpion, Cindirella, etc., los Guns revitalizan la temática del sexo, drogas y rock and roll e impactan con Paradise City.


Número cinco: Knockin’ on Heaven’s Door

Lo que más recuerdo en torno a esta canción, es aquella vez que mi amigo Paulo tomó la guitarra y dijo: “A mí la canción que me encula es ésta”, y empezó a tocarla (la canción). Al día siguiente, por evitar a una viejita que se le atravesó cuando él manejaba, se fue a empotrar en un portón, y murió. Comprendí que una noche antes, en realidad estaba tocando las puertas del cielo.


Un viejo cover original de Bob Dylan, revitalizado con nuevos aires por los Guns.



Número cuatro: Patience

Aparentemente, original de Izzy, aunque otros se la atribuyen a Axl. Es quizá la única canción de los Guns en que Slash no es fundamental. Me imagino que ha de ser terrible para una banda que se autodefinía como rockón duro, tener entre sus mejores una canción lenta, de amor, muy suave, y muy buena. Axl, ya que no lo he mencionado, tiene una de las mejores voces del rock en inglés, junto a Steven Tyler (quien lo creó a su imagen y semejanza) y Mick Jagger, sobre todo porque los tres tienen un amplio registro vocal, de quizá cuatro octavas, lo cual es impresionante. Pero Axl es capaz de dar a una canción un poco descolorida, tremenda fuerza, como es este caso, a pesar de los coros un monótonos y (casi) desafinados de sus compañeros.


Excelente canción. La única que vale la pena del disco Lies.



Número tres: Sweet child of mine

Insisto, qué duro ha de ser para esta banda que una canción suave esté entre sus mejores. Formó parte del lado B de Apetite for Destruction. En realidad ya tenía todo el disco, y esta canción sería puramente de relleno. Mientras descansaban tras la grabación, Slash empezó a hacer puros ejercicios de escalas de guitarra, y le empezó a salir el riff inicial de Sweet child of mine, luego se sumó la batería, el bajo, y, por último, Axl sacó la letra de un poema hueco que le estaba escribiendo a su novia, y surgió la canción, que fue grabada sin mayor ceremonia, porque, al fin de cuentas, sería puro relleno.


Llegó al número uno de las principales listas, y los expertos consideran esta guitarra como una de las mejores, si no la mejor, en una canción de este estilo.



Número dos: November rain

Esta canción se sale de toda la tónica de los Guns, incluyendo Sweet child… y Patience. La razón por la que es diferente es que, al contrario de Sweet child… esta canción tardó meses, incluso años, en ser escrita. Axl la compuso por partes, y no sabía cómo enlazarla.


Al fin se dio, aunque el proyecto desbordaba la capacidad de los propios músicos, por lo que necesitó que Axl se pusiera al piano (a pesar de que él no es muy hábil en este instrumento), y contratar a una orquesta sinfónica, incluyendo coristas. Así solucionaron el problema de tener dentro de la banda a músicos sosos de relleno, y Slash hizo el resto.


Número uno: Welcome to the jungle

Y, a comparación de November rain, Welcome to the jungle es todo lo contrario, porque la primera necesitó de años de composición y ayuda adicional. En cambio, Welcome… es la esencia de los Guns. Brutal, agresiva, el espíritu del álbum Apetite for Destruction (hay que recordar que los Guns fueron una banda de terrible comportamiento, destruyendo hoteles y con muchos problemas de drogas).


Ésta la compuso Axl y tiene una fuerza innata, sin artificios. Slash con un riff más complicado que el de Sweet child… y Axl haciendo gala de su voz. Esta canción seguramente será la más trascendental de los Guns. Será recordada por siempre y tiene asegurada su inclusión casi constante en películas, series de televisión y hasta en los tiempos fuera de los espectáculos deportivos, sobre todo cuando el equipo contrario va entrando. Y es que Welcome… ya es parte del imaginario colectivo del rock.


Según entiendo, los Guns abren ahora sus conciertos con Chinese Democracy, primer sencillo del disco homónimo que están actualmente promocionando. Es decir, nadie conoce y nadie se va a emocionar. Pero tras esta canción, tocan Welcome to the jungle, y el concierto se encenderá.



Según cuenta la historia, la idea de la canción surgió cuando escuchó a un indigente gritarle: “You know where you are? You're in the jungle, baby; you gonna die!”, y le robó sus pertenencias. La frase le causó un gran impacto, y, a pesar de haberle robado todo, le dejó esta inspiración para la que creo es la mejor canción de los Guns.


Bue…, espero que les sirva de guía para apreciar más a los Guns a los que van a ir al concierto. Esperen para mañana, en esta misma edición, ¿Arjona o Fito?, o bien, ¿Por qué Ricky confesó lo que ya sabíamos?

miércoles, 7 de abril de 2010

Pongamos de moda la virtud


En los últimos meses, debido a los procesos de postulación y elección en puestos clave de funcionarios, hemos podido ver una fuerte batalla para intentar evitar que personas consideradas no idóneas y con dudas en su honorabilidad, ocupen puestos importantes en la Corte Suprema de Justicia, la Corte de Apelación, el Instituto de la Defensa Pública Penal y, actualmente, en el Ministerio Público.

Como parte del proceso de postulación, está reglamentado que cualquier persona o institución puede presentar objeciones contra candidatos a estos puestos públicos, documentando con pruebas que hacen dudar de su idoneidad. De tal suerte, para el actual proceso de postulación para Fiscal General, todos recibieron al menos una tacha.

Recibir tachas no significa ser delincuente ni poco honorable. Simplemente, es una objeción contra la idoneidad de la persona para cierto caso.

Sin embargo, llama poderosamente la atención que este proceso de objeciones esté despertando, incluso, bajas pasiones, como el candidato a Fiscal General que hasta está solicitando los videos para averiguar quién le interpuso las tachas. Lamentablemente, los candidatos lucen más por sus colas machucadas que por sus propuestas o por su trayectoria.

Carlos Castresana, jefe de la CICIG, pidió a la Comisión de Postulación que, más que encontrar a una persona preparada para el cargo, encuentren a una persona honorable. Y me recordó a Diógenes el Cínico, filósofo griego de los siglos V y IV a.C., cuyo único objetivo era encontrar una persona honrada. Y murió sin encontrarlo.

En poco tiempo, dará inicio la precampaña electoral y todo indica que será un proselitismo basado en acusaciones, más que en propuestas. De los ex candidatos y precandidatos que se proyectan para presentarse a un nuevo proceso electoral, la mayoría, si no es que todos, están preparando ya su defensa contra los ataques. Quizá sean críticas por la falta de transparencia en los programas que ejecuta dentro del Gobierno. Quizá crímenes de guerra e implicaciones en su pasado militar. Tal vez tema que le recuerden las ejecuciones extrajudiciales dentro de cárceles cuando era director de Presidios. Quizá porque fue (o es aún) Pastor evangélico. O ex funcionario con señalamientos de peculado o malversación.

En fin, los precandidatos visibles tienen más tachas que propuestas. Quizá haya uno solo, o quizá ninguno que sea honorable y que, en vez de preocuparse por las campañas negras que le hagan en su contra, tenga una trayectoria intachable dentro de la política.

Y yo que creo que un 98% de los guatemaltecos somos personas honorables, no creo justo que el 100% de nuestros candidatos sean considerados "no idóneos".

A mí me gustaría que nuestros candidatos (a Presidente, diputados, magistrados de justicia, Fiscal General, Contralor, etc.) fueran todos honorables. Pero, a pesar de todo, los guatemaltecos creemos que no tenemos más opción que elegir entre los no honorables, y llegamos al colmo de elegir como jefe de Estado a un asesino confeso.

"Pongamos de moda la virtud", decía José Martí. Ojalá llegue el tiempo en que los candidatos sean noticias por su trayectoria intachable y por su plan de trabajo. Pero, por el momento, la mayoría brilla por su cola machucada.

FOTO: Diógenes por John William Waterhouse, representa su lámpara, su tinaja y las cebollas de las que se alimentaba.

Publicado originalmente en Diario La Hora.