miércoles, 2 de marzo de 2011

Hermenegildo Pepp Castro

De mis primeros recuerdos en torno al futbol, me acuerdo del Mundial de España 82, pero muy a lo lejos. También recuerdo los partidos de la Selección Nacional para los Juegos Centroamericanos que se disputaron en Guatemala, en la década de los ochenta. Y recuerdo la final del entonces torneo de la Liga Nacional de 1985, entre Comunicaciones y Juventud Retalteca.

En realidad, no recuerdo mucho de los anteriores torneos. No creo haber visto ningún partido completo. Del Mundial, me recuerdo, más bien, jugando con un carrito impulsado por una vejiga, mientras mi papá miraba por televisión los partidos. De la final entre Cremas y Reu, no recuerdo el partido: recuerdo a Hermenegildo Pepp Castro.

Esa final había sido muy reñida: 0 a 0 casi hasta los últimos minutos. En eso, el árbitro pitó un penal a favor de Comunicaciones, el cual parecía muy dudoso. Por ello, los de Reu protestaban airadamente, mientras que el gran tamalón que era Pepp Castro se imponía por sobre todos, además de que era el que más protestaba.

Los de Juventud Retalteca estaban empeñados a que ese penal no se cobrara, y hasta amenazaron con abandonar el campo. Sin embargo, varios minutos después, el penal sería cobrado, y Pepp Castro era la última esperanza para detenerlo.

Pero no lo hizo. Los Cremas fueron campeones ese año.

Por entonces, las telecomunicaciones no habían avanzado mucho. En ninguna circunstancia (ni siquiera tener una antena parabólica), se podía observar los partidos de la Liga española, la Serie A de Italia, la Premier League, ni el futbol argentino, ni el brasileño. Ni siquiera el holandés o el alemán. Nada. Ni el mexicano. E, incluso, la televisión nacional no podían transmitir, por ejemplo, desde Cobán, y si se transmitía desde Villa Nueva, donde jugaba Galcasa, la señal era borrosa.

En otras palabras, el poco futbol nacional que ofrecían se convertía en la única oferta posible para un domingo deportivo. Quizá se transmitía un partido, desde el Mateo Flores, cuando jugaban los Rojos y Cremas, o desde el Estadio del Ejército, donde jugaba Aurora. El resto de partidos sólo eran viables por las transmisiones radiales.

En ese contexto, creo que los locutores radiales contribuyeron en gran medida en convertir en héroes a los porteros de futbol. Según cómo narraban el partido, nos imaginábamos a Pepp Castro, a Piccinini, a Jerez Hidalgo, a Humberto Marota, al “Colocho” Flores, y a otros más que no recuerdo, volando de paral a paral, atajando un balón imposible, desviando únicamente con la punta de los dedos, un disparo que estaba destinado a encajarse en el rincón más escondido del marco.

Cuando se veían esos partidos por televisión, se podía observar que ciertamente los porteros no volaban tanto como exageraban los locutores. Sin embargo, debemos agradecerles eternamente que nos hayan creado las imágenes de que eran héroes deportivos.

Ahora no. Ahora los héroes son Iker Casillas y Gianluigi Buffon. Los niños simulan ser Cristiano Ronaldo y Messi, en vez de soñar con jugar como la “Coneja” Sánchez.

Reflexiono de todo esto al enterarme de la muerte de Pepp Castro, un héroe de mi niñez, capaz de realizar espectaculares atajadas, pese a que era panzón. La Muerte lo encontró en la más profunda pobreza, con un físico debilitadísimo y completamente ajeno a la gloria que lo bañó en sus años como profesional.

En Guatemala tenemos dos graves problemas, que igualmente nos generan impunidad. En primer lugar, es lo ya sabido: los criminales no reciben su merecido en nuestro sistema de justicia. Pero otro hecho lamentable, y que es igualmente dañino, es que nuestros héroes pasan inadvertidos y mueren en el olvido.

El mensaje que estamos enviando a los niños y jóvenes, que aún se forman su criterio, es que no importa haber destacado en un deporte, profesión o arte, porque al final de sus días, nadie se lo va a reconocer. Y que, en cambio, por delinquir, por transgredir la ley, por ser malos, no habrá castigo, y eso es realmente lo lamentable.

Ahí está el ejemplo de Alfonso Bauer Paiz, que después de una vida de intelectualidad y trabajo por el país, no se le reconoce su labor, en vez de declararlo profesor e investigador emérito.

Un cambio urgente que debemos generar en Guatemala es castigar urgentemente a los criminales, y que las cárceles no sean un paraíso. Y que a todo héroe, todo personaje destacado, se le rindan todos los honores posibles. Sólo de esa manera la niñez podrá aprender que el crimen no paga, y que una vida virtuosa es mejor.