miércoles, 26 de septiembre de 2012

El inventor del Agua Azucarada



El científico Sugar Watters (que se desempeña en el área de la Química específicamente) mereció cierto tipo de reconocimiento después de patentar su fórmula del Agua Azucarada. Quizá él no la descubrió, pero sí quedó registrado en ser el primero en darla a conocer públicamente. Pese a su logro, según testificó él mismo en entrevista exclusiva mostrando estados de cuentas bancarias en la mano, seguía sin recibir ningún tipo de regalías por su patente. Peor aún, cientos de millones de personas en el mundo utilizan su fórmula, sin reconocerle, siquiera, su aporte.

Sugar Watters muestra cómo realizar su fórmula.

Conoció, por fuentes que ahora no es importante mencionar, que en Guatemala muchos analistas políticos e, incluso, políticos, se hacían pasar como los inventores del Agua Azucarada. Entonces, el señor Watters se vino para el país, para ver si lograba algún tipo de regalías.

Usted ya sabe cómo terminó este viaje, no queremos descubrir el agua azucarada; ciertamente, Sugar no logró nada. Observó que ciertas patentes de su invento estaban firmadas con rúbricas más parecidas a garabatos de niños, y era imposible ubicar el nombre, como si un diputado quisiera firmar su oposición a cualquier ley de transparencia.

Para no hacer más larga esta historia, que en realidad es muy corta, el doctor Watters se vio varado en Guatemala; había confiado en conseguir regalías y con ese dinero volver a su país de origen. Se vio obligado a buscar empleo, pero como químico no encontró nada. Se le ocurrió eliminar su título de Doctor en Química Dulce de su currículum, y exponer, únicamente, que era el Inventor del Agua Azucarada como experiencia laboral.

Como por arte de magia, le empezaron a llover ofertas de trabajo. Desde asesor presidencial en materia constitucional hasta analista político de un think tank que nadie conocía; también como profesor universitario, columnista de opinión en medios de comunicación, narrador de partidos de futbol, vocero de un Ministerio del Ejecutivo, publicista, e, incluso, decenas de partidos políticos le ofrecieron puesto como candidato a diputado y, en caso de que no ganara las elecciones, como asesor de un candidato que sí hubiese sido electo.

La fama y gloria que le fue negada en otras latitudes, las encontró en este país. No necesitó ensuciarse las manos para acercarse a grupos oscuros, como algunos partidos políticos y algunos medios de comunicación, porque era evidente que manejaban intereses particulares ajenos a los de las mayorías. “Volviste a inventar el agua azucarada”, le dijo un amigo cuando Sugar Watters exponía este análisis sobre la corrupción.

Entonces, se tomó muy en serio su trabajo como analista político independiente; empezó a ser citado en medios de comunicación e invitado a foros sobre cualquier tema. Se volvió experto en dar soluciones obvias para todo lo que ocurría en el país.

Sus respuestas eran pragmáticas. –En su análisis, ¿por qué no se ha aprobado la Ley Anticorrupción? –Porque no hay voluntad política- decía sin despeinarse. -¿Por qué no hubo transparencia en el contrato de usufructo de la Portuaria Quetzal? –Porque seguramente tienen algo que ocultar- refería como decir las cosas del diente al labio. -¿Por qué no funcionan los bloqueadores de señal de celular en la cárcel? –Porque hay intereses para que sigan las extorsiones- decía con excesiva lucidez. -¿Por qué no avanza la justicia en el país? –Porque los sectores poderosos no quieren caer en las garras de la justicia- explicaba con cierta dulzura. -¿Por qué la Policía no es capaz de combatir el crimen? –Porque hay ciertos negocios que dependen del clima de inseguridad y violencia- decía en su análisis que caía como balde de agua (azucarada) fría. -¿Por qué perdió la Selección Nacional de Futbol? –Porque alguien amañó el partido.

Sugar Watters se volvió un fenómeno. Tenía el análisis exacto, las palabras justas para todo. Y así siguió por unos cuantos años, dando su visión clara de las cosas. O sea, si dependiera de él, hubiera cambiado al país en un dos por tres. La realidad, para él, era tan clara como el agua.

Pero, tras varios años de decir la verdad sin tapujos, la gente empezó a dudar de sus certeros análisis. “Ve, pues, inventó el agua azucarada, otra vez”, lo criticaba la gente, por su visión tan simplista. Poco a poco Sugar Watters perdía el respeto, hasta que finalmente se sintió que estaba arando en el mar, y el problema es que a él no le gustaba el agua salada, sino dulce.

“Agua que no has de beber, déjala correr”, tituló su último análisis político publicado en una revista semanal sobre realidad nacional, en el cual exponía su última visión sobre los asuntos públicos guatemaltecos, al mismo tiempo que se despedía del país para volver a su ciudad natal. “Si la gente sabe qué es lo que está mal, pero la gente no hace nada, entonces la culpa es de la gente por no irse a plantar al Congreso, al Palacio Nacional y a los Tribunales a exigir que esto cambie de una vez por todas”, concluyó en su análisis. Había vuelto a inventar el agua azucarada, pero ya nadie le hacía caso.

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