jueves, 18 de octubre de 2012

Una justicia sin trincheras



El 29 de diciembre de 1996, las campanas de la Catedral sonaban jubilosas, celebrando la llegada de la Firma de la Paz. Centenares de personas se congregaron en la Plaza de la Constitución para observar la histórica rúbrica. El general Otto Pérez Molina, hoy presidente, estampaba su nombre en el documento, al igual que los cuatro comandantes de la insurgencia (hoy día, dos ya fallecieron). Sin embargo, la paz no llegó, solo la firma; la guerra terminó, pero no la violencia y mucho menos se puso fin al odio.

Desde enero de ese año, el recién estrenado gobierno de Álvaro Arzú priorizó la Firma de la Paz, como paso necesario para el desarrollo del país. Y tenía razón. El problema es que se concibió la necesidad de “paz” solo como un paso necesario para atraer la inversión extranjera, pero no como proceso para resolver los conflictos históricos.

Lo sucedido a inicios del mes en Totonicapán (y las batallas ideológicas posteriores) ejemplifica muy bien que todavía vivimos en guerra, pese a que se firmó la paz. El proceso de posguerra nunca se llevó a cabo, es decir, la reconciliación y la resolución de conflictos. Los Acuerdos de Paz fueron simplemente documentos que se firmaron para taparle el ojo al macho, para babosearse a la comunidad internacional sobre que hay compromisos establecidos. Por algunos años, los guatemaltecos creímos que los Acuerdos de Paz serían una hoja de ruta para construir un país mejor, pero hoy día ya nadie cree en ellos.

Y lo peor es que la conflictividad social permanece igual; estamos igual que hace 16 años, cuando se firmó la paz. Es más, estamos igual que hace 52 años, cuando fue el levantamiento del 13 de noviembre; igual que hace 68 años, cuando se derrocó a Ubico; incluso, los cantones de Totonicapán podrían decir que siguen con los mismos problemas que hace 192 años, cuando Atanasio Tzul quiso reivindicar los derechos indígenas.

Y más que resolver los conflictos, la realidad es que la guerra continúa. Quizá se tardó unos quince años para encontrar un campo de batalla. Con la llega de Claudia Paz y Paz al Ministerio Público, los sectores ultraconservadores la han identificado con las causas de la izquierda insurgentes, y han puesto el grito en el cielo, creyendo que la lucha sigue. Y, para ser justos, también hay sectores de izquierda que consideran al MP como estrategia de guerra.

Anteriormente, los antiguos grupos liberacionistas (hoy día con su nombre evolucionado a libertarios) no tuvieron problemas porque tenían sus posiciones de guerra bien ocupados en el sistema de justicia, con fiscales, jueces y magistrados que solo atendían demandas de la derecha. Pero ahora es diferente, con una Fiscal General y un grupo de fiscales que atienden demandas de todos los sectores.

Además, se persiste en la batalla ideológica, que se ha desarrollado especialmente en los medios de comunicación, aunque algunos medios casi siempre han dado voz exclusivamente a la derecha conservadora.

Pero esto no se trata de una batalla ideológica. No se trata para ver quién gana. Se trata de que, por fin, nos pongamos a trabajar en el proceso de posguerra.

Los conflictos persisten y ya no es el tiempo de defender las trincheras. Si no resolvemos los conflictos históricos, en algunos días, meses o años, surgirá otro suceso similar a los de la Cumbre de Alaska.

Peligrosamente, se está ideologizando al sector justicia en Guatemala, como lo intentó hacer ayer un matutino al señalar, maliciosamente, que el MP pidió antejuicio contra el Presidente. Me parece que eso precisamente lo que hay que evitar, seguir confrontándonos, solo que en terreno de los Tribunales de Justicia.

Y muy a pesar de ello, me parece que la justicia desideologizada es el único camino para buscar la paz. Afortunadamente, algunos delitos de la guerra ya están siendo procesados. Aunque la mayoría de los responsables seguramente morirán antes de ser condenados, o bien serán condenados levemente, las nuevas generaciones crecen en este ambiente de búsqueda de justicia.

Los jueces, magistrados y fiscales de hoy día aún están bajo la influencia de ese terrible Estado anticomunista y contrainsurgente, y se moldearon bajo ese sistema, radicalizándose, escondiéndose en su trinchera que más le ofrecía protección a sus vidas.

Ojalá que la generación de juristas que se forma ahora o que ya ocupa puestos públicos, no se tomen los puestos de justicia como trinchera, sino para procurar verdadera justicia. Ojalá.

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