miércoles, 15 de enero de 2014

Una visita del Fantasma de la Navidad Pasada

El Fantasma de las Navidades Pasadas vino a la una de la mañana, enviado por mi socio que espera que me arrepienta en vida. No creo que funcione.

Primero me llevó a una navidad que no recordaba. Vi a unos niños que vivían en mi misma colonia de entonces. Iban con unos lazos con rumbo a barrancos y terrenos baldíos para ir a recoger paja y leña para los fogarones del 7 de diciembre y, también, para conseguir un chirivisco, esa especie de palo retorcido, lo bastante fuerte para soportar el peso de algunas bombitas de colores.

Según me recuerdan, antes que los árboles navideños, plásticos o elaborados con pinabetes, la “moda” de la navidad en Guatemala eran esos chiriviscos, que usualmente se conseguían en los barrancos y que se pintaban de plateado. Antes había más terrenos baldíos. Antes los barrancos no tenían dueño, por lo que sí se podía hacer todo eso. Y para las familias que no tenían opción de conseguir su propio chirivisco, en el arriate central del Trébol en adelante, hasta donde está el CAMIP, se ponían vendedores para ofrecer este adorno, pintado y con la base lista solo para colocar en la casa.

Los fogarones del 7 de diciembre eran altos y las familias aprovechaban para quemar todos los tanates que ya no servían, incluidos los cuadernos escolares de todo el año, los papeles del trabajo del papá, que habían pasado más de un año allí conservando polvo, y que se guardaban por si acaso surgía algún clavo en el trabajo. Y, por supuesto, se quemaban hasta los colchones viejos y orinados de los niños, cuando se les compraban nuevos, o las llantas viejas y llenas de alambres del carro. Y, claro está, todo prendido gracias a un galón de gasolina, sin el cual hubiera sido imposible que las llantas, los muebles y el colchón tomaran fuego.

El Fantasma de la Navidad Pasada me llevó unos años más adelante, aún siendo yo niño, y me vi comprando una “metralladora” de 25 centavos y que medía un metro. No era divertido quemarla de un solo. Más bien había que despenicarla y separarle todos los cuetes para quemarlos de uno en uno, para fastidio de los vecinos, ayudado con un cáñamos encendido, un carbón puesto sobre un plato despeltrado, o bien, para los más grandes, con un cigarrillo “Casino”, con el cual se aprovechaba para iniciarse en el vicio de fumar.

Me vi lanzando los cuetes uno por uno, hasta que prendí uno y me arrepentí de tirarlo porque venía un carro; entonces lo alejé de la posición de lanzado y lo acerqué a la altura de mi oreja derecha. El cuete, claro está, estalló en mi mano y el zumbido en mi oído derecho permanecería por muchos meses, hasta recibir tratamiento.

El Fantasma vio que era mucho castigo para mí recordarme de ese episodio, así que avanzó hasta llevarme a ver a Carlitos y Lucky, mis amigos de la cuadra, y ver cómo recibían regalos de Santa Claus. Yo sabía que esos regalos los había comprado su papá, don Santiago, en la tienda. Estuve a punto de decírselos, pero me callé, como he callado tantas cosas en esta vida para evitar que otros sufran con la verdad, que a veces no es tan necesario tener que saberla.

Otra vez mi corazón sufría, por lo que el Espectro tuvo piedad y adelantó el tiempo. Me vi en otras navidades, participando en guerras de canchinflines, tomando en escondidas la sidra (la cual todos decían que era champagne). Luego vinieron las fiestas, esto cuando ya era adolescente, con las discotecas en las calles, y que empezaban a sonar a la 1 de la mañana del 25, tan solo dando tiempo para quemar cuetes, dar el abrazo, abrir regalos y comer el tamal.

De regalos no vi ninguno en especial. Quizá el Fantasma no quiso mostrarme eso. Solo recuerdo que siempre esperaba con mucha ilusión las doce de la noche, pero la alegría se disipaba rápidamente, sin importar el regalo que fuese. Todo ello me parecía muy tedioso. Aún ahora prefiero no abrir los regalos de inmediato ni enfrente de alguien, porque supongo mi cara de hastío.

Entonces llegó la hora de la verdad. El Fantasma de la Navidad Pasada me trajo de regreso y me preguntó si me arrepentía. Y yo le dije Nunca. Mi socio debe de estar mucho más preocupado por mí en estos momentos. Tan solo me arrepiento de tantas cosas que antaño eran más nuestras y que ahora apenas reconozco en las navidades con juegos pirotécnicos tan estrafalarios, juguetes que me parecen inútiles y una larga serie de compromisos sociales que hacen imposible que uno se pueda comer el tamal a gusto y tomarse el ponche con piquete tranquilo.

Quizá el Fantasma de la Navidad Futura me convenza, al mostrarme que llegará el año en que yo ya no esté vivo. Allí quizá sí me proponga, definitivamente, a aprovechar la vida.