jueves, 7 de agosto de 2014

Quince len de felicidad

No sé si es orgullo, pero recuerdo que cuando iba al colegio en la primaria diariamente mi mamá me daba quince len. Con ellos, bien podía comprar de refacción un Tortrix (cinco len) y un Cuquito (especie de fresco en bolsita alargada, diez len); como por cuarto primaria, la cuota se elevó a 25 len.

El len, como coloquialmente se le dice en Guatemala al centavo, tiene una aplicación morfológica interesante, puesto que su plural sería “lenes”, pero en la práctica, aunque fuesen dos o más centavos, se decía 5, 19, 27, 74 len, como si fuera en singular.

Expongo esa curiosidad lingüística de nuestra habla, porque quizá hoy día ya nadie la utilice, ya que prácticamente con 99 len o menos no sirven para nada. Incluso, antes había productos, como los higos en miel o los cuadritos de leche, que se vendían a dos por un len; es decir, que valían medio len cada uno.

Antes, con cinco len, se podía subir a la camioneta. Cabe recordar que en tiempos de Mejía Víctores surgió aquel viejo y conocido grito de protesta: “Cinco, sí; diez, no”, con el cual estudiantes y sindicatos se oponían al incremento del valor del transporte urbano, en aquellos primeros años de la década los ochenta, cuando aún no se subsidiaba el servicio. Hoy día tiene un valor de Q1.10, aunque nadie paga esos diez len de más, porque prácticamente ya no se ven esas monedas. A excepción que se utilice el sistema prepago, el cual descuenta la cantidad exacta. Y cabe hacer la aclaración que ese es un valor simbólico, porque el precio del pasaje en realidad debe de estar costando Q5 o Q6, pero que se amortiza por el subsidio.

Pero volviendo a mis años mozos, esos quince len diarios se podían sacrificar y dejar de comprar algo en la tienda y, en vez de ello, comprarse algún álbum educativo. Por ejemplo, el álbum “Vida”, que costaba exactamente eso, y luego comprar los sobres que valían diez len. O el álbum “Vida la humanidad”, que costaba 25 len. Ambos muy bonitos y educativos. Los álbumes del Mundial 86, era un poco más caro, pero siempre al alcance de los niños. Hoy día esos álbumes resultan extremadamente caros, incluso para el adulto trabajador.

Precisamente, recuerdo que esos álbumes los compraba en una tienda que se llamaba “Mi centavito menos”, nombre que en pleno siglo XXI resultaría absurdo, puesto que nadie se sentiría atraído por ahorrarse uno o dos len, nada más. Ahora uno quiere descuentos del 50 o 75 por ciento.

Yo nunca fui goloso, y unido a que siempre me han chocado las aglomeraciones, evitaba a toda costa ir a la tienda del colegio a la hora del recreo, por lo que usualmente me ahorraba esos quince len. Entonces tenía una alcancía de cerámica (con forma de cochito, por supuesto) y que al final del año logré reunir la cantidad de Q16. ¡Dieciséis quetzales! Era un pistal para la época y en ese diciembre me pude comprar un par de zapatos tenis marca Kanga-roos, que eran infinitamente mejor a los clásicos tenis Incatecu que uno siempre odió de niño. Para esa época, aún no había en el país tenis Fila, ni Reebook, ni Adidas, ni Nike, ni nada parecido.

Pero ahora, con Q16, los escolares no podrían comprarse en la tienda del colegio ni una cocacola con una hamburguesa. Porque, claro está, ahora hasta las tiendas de los colegios han evolucionado y ya no se trata de una caseta atendido por alguien que preparaba tostadas con frijol, sino que son cafeterías que solo venden productos de marcas patentadas.

Y así, podría ir haciendo una evolución de mis “ingresos” personales a lo largo de mi vida. Y me da tristeza ver que ahora, por mucho esfuerzo que se haga, casi nunca nos alcanza para nada. Los centavos prácticamente han desaparecido, y por el mismo camino van las fichas de a cinco y diez len.

De hecho, las grandes cadenas de tiendas son tan cínicas que imponen el costo de sus productos con precios estrafalarios como Q89.99, Q107.57, es decir, contando cada centavo, pero cuando pagás en efectivo (porque también de las tarjetas de crédito y débito se desconfía ahora), el cajero hace caso omiso de darte esos cuatro len de vuelto que te debe. Pero, ¡eso sí!, si tu cuenta te salió, por ejemplo, Q90.10, te piden que des esos diez len para no descuadrar, o, en su defecto, en caso de no tener, 25 len, y te dicen con una sonrisa estúpida: “le quedo debiendo los 15 centavos de vuelto”.

En el mejor de los casos, el cajero te dirá que tu vuelto de 4 len irá a parar a un programa de apoyo a la educación rural, con lo cual las empresas se limpian la conciencia y evaden impuestos, y te hacen creer que estás colaborando también.

Y así, la vida va pasando, y mientras el Banco de Guatemala imprime más billetes de a Q100 y Q200, y trata de ya no emitir fichas de a len, de cinco o diez centavos, uno siente que los salarios ya no aguantan nada, y mientras el Gobierno lanza programas “pa’que nos alcance” que no sirven, uno termina por derramar una lágrima sobre los estados de cuenta de los bancos y las facturas por pagar, mientras recuerda aquellos años en que con quince len diarios, se podía ser feliz.

Publicada en El Salmón: http://elsalmon.org/2014/02/10/quince-len-de-felicidad/