En realidad, yo me siento más cómodo desde lo contracultural. Sí, yo sé que para algunos la vida está en el establishment, en el oficialismo. Me imagino que no hay mejor vino que el que dan en la Corte del Rey. En realidad, no lo sé.
Tal y como lo explica Robert Greene en 48 Laws of Power, la vida como cortesano oficialista es muy difícil. Es un eterno cuidarse las espaldas.
Es cierto, la vida contracultural no es fácil en cuanto a recursos, y tampoco hay que negar que también tiene sus contrariedades con los mismos compañeros, pero son condiciones humanas que no pueden evitarse.
Sin embargo, tal y como lo explica Foucault, especialmente en Surveiller et Punir, el juego del poder necesita de la oposición, es decir, de las expresiones contraculturales, para que haya desarrollo y evolución, una idea que proviene más bien de Hegel-Marx.
En Guatemala, hay pocas expresiones contraculturales. Subculturas hay muchas, pero pocas son las que se oponen al poder oficial.
Entre las pocas que hay, si no es que la única, es la Huelga de Dolores de la Universidad de San Carlos. El Desfile Bufo, expresión final y central de la Huelga, bien puede ser enmarcado dentro de lo que Bajtin, en su libro sobre Rabelais, dio por llamar carnavalización, es decir, una fiesta que se opone a lo oficial y que sirve para burlarse de lo establecido.
Obviamente, las fiestas carnavalescas son molestas para el poder oficial, ya que, entre la parodia, se refleja el verdadero sentir de la población. Es por ello que la estrategia para ir eliminando las formas contraculturales, no es en el exterminio violento de las mismas, sino la asimilación oficial. Es decir, oficializar lo contracultural para que se vuelva oficial.
Eso es exactamente, según mi criterio, lo que ocurre con la oficialización de la Huelga de Dolores, como Patrimonio de la Nación. Se les otorga una categoría nacional, a fin de protegerla, lo cual implica que el Estado podría, incluso, financiar la Huelga con tal de que no desaparezca, pero ello implica que la Huelga tampoco podría carnavalizar al mismo Estado, porque temería que se le corte el financiamiento.
El año que la Huelga logró su despegue fue en los años finales de la dictadura de Manuel Estrada Cabrera, cuando Miguel Ángel Asturias y otros intelectuales se escudaron en la clandestinidad para burlarse del Gobierno. Poco o nada se ha dicho sobre el verdadero aporte que la Huelga de Asturias y compañía tuvo para el posterior derrocamiento.
La Huelga nunca se plegó a intereses del Gobierno ni del Estado, ni siquiera durante los Gobiernos de la llamada Revolución guatemalteca. A pesar de que hoy suene extraño (porque los huelgueros idolatran a Arévalo Bermejo y a Arbenz Guzmán), los huelgueros entre 1945 y 1954 también criticaron al presidente de turno.
No es extraño que la Huelga haya aceptado este reconocimiento oficial y protección estatal. Desde el inicio de este gobierno, la Asociación de Estudiantes Universitarios (AEU), otrora baluarte de la lucha contracultural, ha venido apoyando al Gobierno en sus distintos proyectos.
Hace poco apoyaron al Gobierno en la creación de nuevos impuestos o en apoyo del negocio mixto (gobierno, municipalidad, empresarios) del Transurbano.
¿Cuándo una expresión contracultural apoyaría más impuestos para el poder oficial? De hecho, buena parte de la tradición contracultural surgió cuando Henry David Thoreau se niega a pagar impuestos para financiar la Guerra contra México, y cuyos conflictos se recogen en Walden y La desobediencia civil.
Es una lástima que la Huelga de Dolores pierda su esencia contracultural, porque era ésa su razón de ser. Para un desfile que salude al poder oficial, tenemos el Día del Ejército.
Si el poder central oficial quería oficializar a la Huelga, volviéndola eunuca, era el momento para que todos al unísono hubieran gritado, con los huevos en la mano: ¡AQUÍ ESTÁ TU SON, CHABELA!, y hubieran desconocido la intención del Gobierno.
P.S.: Algunos huelgueron han dicho que, incluso, les da pena ajena que hasta el mismo Embajador de Estados Unidos, otrora símbolo oficial imperial, haya presenciado la oficialización de la Huelga. Algunos dice, pero Alá sabe más, que hasta le dieron capucha y lo aceptaron como miembro honorario.
- PRESENTADOR: El Pibe 10, la personificación de la juventud y la niñez argentina, hoy se bate en duelo contra el Diábolo, mefistofélica figura, que inunda de azufre el ambiente, y que, pese a no ser buen luchador, a veces gana. El árbitro del encuentro, es el corrupto William Boo…
- EL PÚBLICO: ¡BUUUUUUUU!
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La anciana estaba muy triste. Desde que sufrió el derrame cerebral, su familia la ha hecho sentir como un estorbo. Sobre todo hoy, 7 de diciembre, cuando en la ciudad de Guatemala y otros centros urbanos del país se celebra la Quema del Diablo, ella quería rememorar por última vez su niñez con esta actividad que da inicio a la Navidad.
Ella sólo lo observa. Desde el derrame, no puede hablar. Pero el hijo, aunque desagradecido, siente compasión. Y lleva a la anciana en su silla de ruedas, y toma unos cuantos periódicos y los coloca frente a la casa.
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-TUCTUQUERO: El turismo empezó a bajar, sobre todo desde que la cianobacteria afectó al que llaman el lago más hermoso del mundo. Desde hace tiempo, Panajachel se había convertido en un caos, porque nadie nos enseñó a explotar nuestro potencial. Todos nos abalanzábamos sobre los turistas, tirábamos el aceite en el lago, pasábamos con los tuctucs sobre la calle peatonal. Por eso, ahora debemos esperar que llegue la época fría, porque según dicen, la cianobacteria prolifera con el calor, y que esperan que con el frío, así dicen, se va a morir. Mientras tanto, no tenemos más que aguantar.
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- AYUDANTE DE PILOTO: Yo creo que a vos ya te tienen fichado, maje.
- PILOTO: Simón, vos, pero yo ya no puedo seguir así. Así que si vienen, les tengo una sorpresita.
Desde hace casi tres años, pandilleros encontraron su gallina de los huevos de oro al extorsionar a los pilotos del servicio de bus urbano y extraurbano. Si no pagan, los matan.
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- PRESENTADOR: Señor, Boo, por favor, pórtese bien. No ve que lo que hace el Diábolo es ilegal.
Y el Diábolo golpea sin misericordia al Pibe 10.
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- ANCIANA: (para sí misma) ¡Qué desacaro! Que la Quema del Diablo contamina, dicen. Yo tenía un río que era cristalino y tomaba agua de él. Caminaba por una calle llena de árboles, refrescándome en la sombra. Mis montañas eran verdes… Y al Diablo lo quemamos desde hace añales. Contaminación la de las mineras, pero los nagüilones de los ambientalistas ahí sí no dicen nada, porque tienen miedo. Prefieren molestarnos a nosotros.
Sus ojos le brillaban, encendidos por el odio de una vida que ya se le había ido, aunque el fulgor sobre sus pupilas seguramente sólo era el reflejo del fogarón que su hijo malagradecido recién había encendido.
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- TUCTUQUERO: Y no sólo aguantar que no tenemos dinero, sino que aguantar a este cerote que estaba robando… Ya mero va a venir la policía y va a decir que lo dejemos libre. Seguramente, los policías tienen trato con los ladrones, y los sueltan, y nosotros bien pizados. Pero, no, esta vez no será así.
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- AYUDANTE DE PILOTO: Pero siempre tené cuidado vos. Ya sabés que podés ser el próximo.
Mientras tanto, el Piloto encendía el autobús y empezaba a avanzar, dispuesto a todo. Manejaba con precaución. Intentaba alargar su vista dos cuadras adelante, para ver si divisaba a su posible victimario. También miraba por su retrovisor, para ver si no lo iban a sorprender por detrás.
- PILOTO: No tengás pena, vas a ver que no me pasa nada. Lo que tenemos que hacer es eliminar a todos esos demonios.
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- PRESENTADOR: El Pibe 10 reacciona (se oye la algarabía de los niños espectadores). ¡Eso es!, dale duro, Pibe 10.
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El victimario se había subido varias cuadras atrás, pero se había sentado con los pasajeros. El Piloto no lo conocía, pero estaba pendiente de cualquier persona sospechosa. Varios metros después, el victimario se paró, pero en lugar de irse a la salida, desenfundó su pistola y estaba dispuesto a sorprender por la espalda al Piloto. Una pasajera gritó del susto. Entonces, el Piloto, alertado por el alarido, sacó también su pistola, y sin apuntar bien siquiera, se gastó los seis disparos que tenía. Se quedó inmóvil un momento, y luego reaccionó y se fue corriendo.
- PILOTO: (al ayudante) Si te preguntan por mí, deciles que no sabés qué me hice.
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- ANCIANA: Y para que este mi hijo desagradecido aprenda a valorarme, hoy por la noche ya no voy a hacer el esfuerzo por vivir, y voy a dejar de respirar, simplemente.
La Quema del Diablo, que en Guatemala la celebramos el 7 de diciembre, desde hace algunos años ha tenido algunos "peros" sobre todo por una revisión ambientalista, que observa que con esa tradición se eleva la contaminación.
Seguramente, los grupos ambientalistas tienen razón en que es una actividad contaminante. Sin embargo, ante el arraigo que tiene la tradición -sobre todo porque marca el inicio de la temporada navideña- han propuesto otras opciones, como quebrar una piñata en forma de diablo, hacer una fogata con linternas o reciclar el material que se usaría para quemar.
Para el caso viene siendo lo mismo, porque esta tradición esconde un objetivo profundo que es muy necesario para la psique humana. La Quema del Diablo en nuestro país tiene raíces religiosas católicas. Se lleva a cabo un día antes de la fiesta de la Inmaculada Concepción de María, la fiesta sacra que da inicio a la temporada navideña.
Según algunos, la Quema del Diablo sirve para "iluminar" las vísperas de la fiesta de la Concepción, y otros consideran que, más bien, su objetivo es "limpiar" la casa de lo malo, que es simbolizado a través de la basura.
Sin embargo, esta fiesta católica guatemalteca tiene su parangón en otras culturas y religiones. Por ejemplo, en las culturas nórdicas, con raíces vikingas, realizan una actividad parecida (aunque no en la misma fecha); la comunidad construye una barca ligera y en ella disponen todas las cosas que se quieren "dejar atrás". Luego, se prende fuego y se lanza a alta mar.
Las honras fúnebres en las culturas orientales, por ejemplo, consisten en construir pequeños barquitos con el retrato del fallecido, y, tras prenderle fuego, se pone sobre el río a navegar corriente abajo.
En esencia, estas tradiciones tienen en común la necesidad del ser humano de hacer una revisión de lo malo (o lo que le hace daño, o lo que quiere olvidar) antes de iniciar un nuevo ciclo. Para la Iglesia Católica, el adviento y la Navidad es el inicio de su ciclo, aunque éste no coincida con el inicio del calendario gregoriano.
La purificación previa a iniciar un nuevo ciclo es de vital importancia, filosóficamente hablando, ya que la eliminación de lo malo permitiría que cosas buenas ocupen ese espacio, y así se renueva también la vida.
En Guatemala, actualmente, atravesamos por un ciclo en que cohabitan en nuestra sociedad muchas cosas o personas malas. El narcotráfico, el crimen organizado, la corrupción, los delitos de cuello blanco, feminicidios, contaminación, calentamiento global y un largo etcétera de delitos de alto impacto, de los cuales sería bueno hacer una revisión, y si es posible meterlos en esa piñata con figura de diablo (o en un barco vikingo) y quemarlos. Pero en la realidad no es fácil.
Yo sé que muchos habrán pensado que la piñata en forma de diablo, en realidad debería tener forma de algún político específico; de hecho, hay algunos hábiles piñateros que lo hacen.
Pero, haciendo eco de las recomendaciones de los ambientalistas de no quemar fantoches ni basura (y eso incluye a nuestros más polémicos políticos), sí considero que no es necesaria la contaminación, pero la revisión esencial de lo malo de nuestro país sí sería un enorme paso para empezar un nuevo ciclo.
Ahora que la mayoría de "nuestras" autoridades se van a un "merecido" descanso tras "trabajar" por nosotros, ¡ojalá! que también le entren a este tipo de reflexión, y de a poco empecemos a eliminar cosas malas. Quizá sea una ingenua esperanza, pero no hay que perder la fe de que, algún día, podamos eliminar a nuestros chamucos.
Personalmente, estoy en desacuerdo con esas personas que creen que todo tiempo pasado es mejor y que viven quejándose de la pérdida de las tradiciones. Fundamentalmente, porque creo que si una tradición se perdió, es porque no se preservó y que, como los tiempos cambian, también las condiciones que se dan para que una actividad se realice año con año.
Por ejemplo, la preparación del fiambre para el 1 de noviembre, me parece que es una de las tradiciones más ricas, tanto cultural como culinariamente, de nuestro país. Sin embargo, si estimamos el precio del fiambre, podríamos pensar que de a poco más familias se desestimulan de hacerlo.
Recientemente, asistí a una obra de teatro que se basaba en que los espectros y espantos de nuestras leyendas de antaño (es decir, el Sombrerón, la Llorona y compañía) intentaban asustar a dos jóvenes, pero éstos, por no conocerlos, no sentían temor. La moraleja de la obra era que, irremediablemente, se estaban tirando al olvido al Cadejo y a las ánimas, y todo por culpa nuestra, porque no queremos conocerlos. Al menos, ése fue el mensaje que me quedó a mí.
Quizá para algunos, este mensaje sea correcto. Pero, antes de continuar, se me olvidó mencionar que, como parte de esta obra de teatro, la Siguanaba salía como una parodia del programa “Laura de América”, y que, al final, todos los actores participantes bailaron, muy ad hoc al tema, la canción de Thriller, del ya finado Michael Jackson. Esto me pareció contrastante con el mensaje, porque si, precisamente, nuestras leyendas están quedando a un lado, es por la globalización de la cultura y por la pérdida de vigencia de los mensajes.
Pero vayamos por partes. En este ensayo, pretendo analizar las razones (más no quejas ni llantos) por las cuales los personajes de nuestras leyendas están perdiendo vigencia.
SUSTRATO INDÍGENA
Nuestro sistema “legendario” y de “espectros”, vale la pena recordarlo, fue cimentado en tiempos coloniales. Las autoridades de la moral, es decir, los gachupines y la Iglesia Católica, se valieron de recursos populares para catequizar a la población. De esa forma, se establecieron los nacimientos, las posadas, las pastorelas, las procesiones, las danzas y otras formas de transmisión de valores.
Sin embargo, la trascendencia de estos recursos se basó en que se retoma el sustrato indígena para hacer llegar el mensaje. Quiero decir, pues, que las estrategias culturales más efectivas fueron las que se “parecían” a las tradiciones prehispánicas.
En ese sentido, quizá nuestras leyendas más famosas tienen su sustrato indígena, con su transculturización española, componente que básicamente ofrece la moraleja. Por ejemplo, la Siguanaba, cuya raíz etimológica viene del k’iche’ (Siguan, barranco, abismo; Waná, hermana, y B'a, espectro), retoma una figura prehispánica.
Otra figura es El Sombrerón, que en realidad es una homologación del Tzitzimitle, palabra con raíz etimológica del náhuatl. En su sustrato prehispánico, debió de haber sido una especie de espíritu travieso, pero en su transculturación asumió características occidentales. Es decir, era diestro en el arte de la caballería, tocaba guitarra española y era carbonero.
La mayoría de estas leyendas no tienen exclusividad con Guatemala, sino que se pueden encontrar sus rastros en toda Mesoamérica, e incluso, en la región andina.
Ése es el caso del Cadejo, por ejemplo, o bien, la Llorona, que tiene una fuerte tradición en México, y hay estudios que aseguran que su leyenda surgió a raíz de una historia real entre una mujer indígena y un español que habría participado en la Conquista de los aztecas.
Esta leyenda, además, tiene una fuerte carga simbólica, ya que la Llorona está obligada a buscar a su hijo, supuestamente nacido y posteriormente abandonado, en sitios de agua. Simbólicamente, el agua puede significar el útero materno, por lo que la leyenda daría pie, al menos metafóricamente, a pensar en que el niño no fue abandonado, sino abortado.
Estas leyendas, junto a otras como la de los Rezadores de la Recolección, la de los cheles del chucho o la Tatuana, cuyas características son más cercanas a la tradición española, han logrado trascender, precisamente, por su fuerte carga simbólica, y no por pertenecer a un conocimiento demasiado local, por ejemplo, como las leyendas que intentan explicar por qué se forma el Xocomil del lago de Atitlán, ya que para comprender esto hay que estar ahí.
Esto fue bien comprendido por Miguel Ángel Asturias (1899-1974), ya que identificó que en nuestros mitos regionales había universalidad, y por ello tuvo éxito con Leyendas de Guatemala (1930), su primer libro literario.
Vale señalar, también, que las leyendas “extranjeras” que sobresalen y que nos llegan hasta nuestros días, como la del conde Drácula y la del doctor Frankenstein, que nos hablan de los deseos de la inmortalidad, comprensible desde cualquier óptica antropológica y cultural.
Pero, pese a esta universalidad, existen factores por los cuales ahora nuestras leyendas están perdiendo vigencia.
EL FACTOR GLOBALIZADOR
Para acallar algunas críticas sobre mi supuesto desconocimiento de tradiciones y leyendas, quiero contar que yo crecí en el Barrio Moderno, en la zona 2 de la ciudad capital. Es decir, al puro pie del Cerrito del Carmen, donde, decían, se aparecía el Sombrerón. Yo todavía alcancé a escuchar a los cuenteros que se sentaban en las graditas de las casas, en las noches de mucho calor, para relatar las historias de espantos.
De ahí, de primera mano, yo temblaba de miedo cuando me contaban que al pobre Chepe, por andar de trasnochador, se le apareció el mismísimo Sombrerón, y por eso pasó cinco días en cama, reponiéndose del susto.
O de lo que le pasó a Margarito, un ebrio consuetudinario, que se le apareció el puro Cadejo, el malo (porque hay dos o tres, nadie sabe con exactitud), y desde entonces dejó de chupar.
Lastimosamente, hoy día ya no se dan esas condiciones para contar ni mucho menos para creer en estas historias. En primer lugar, ya no es posible, al menos en la ciudad capital, el estar reunidos tan vulnerables en torno a un viejito. La inseguridad se ha tomado las calles, y éstas ya no son espacios de socialización.
Por otra parte, cuando yo escuchaba estas historias, aún no había explotado el negocio de la televisión por cable, ni había nintendos, apenas uno que otro niño tenía Atari, y las computadoras, por aquellos años, sólo eran exclusividad de los bancos, la Empresa Eléctrica y el Ministerio de Finanzas. Por ello, no existían todos esos motivos para quedarse o enclaustrarse dentro de la casa.
En cambio, ahora, es todo lo contrario. La televisión por cable o el Internet nos cuenta otras historias de terror, quizá más impactantes que aquellas que cuentan lo que le pasó a alguien que, por curioso, se puso unos cheles de chucho, o de quien aceptó una candela o fémur de unos rezadores.
Asimismo, Internet, o más específicamente Google y Wikipedia, nos pueden explicar muchas cosas, y ya hoy día es difícil dar atol con el dedo con estas historias de miedo. Esto produce que nuestras sociedades y nuestra ideología sea, lastimosamente, más cínica, porque la moral encuentra en las explicaciones razonables un motivo para ser desechadas. Si no, que lo digan algunas figuras públicas y políticas de nuestro país, que aseguran que no hay forma de demostrar la “reconocida honorabilidad” de una persona.
LA FALLIDA MORAL
Desde los inicios del pensamiento moderno, con Sócrates, la moral formó parte de las preocupaciones de los pensadores. Obviamente, la capacidad del ser humano de discernir entre el bien y el mal es quizá la característica fundamental que nos empezó a diferenciar de los animales irracionales. Claro está, que hablo del ser humano de hace milenios, porque ahora hay diferencias abismales entre la bestia y la persona.
En consecuencia, nuestros sistemas políticos y sociales tendieron a convertirse en sistemas morales, es decir, a establecer condiciones mínimas preestablecidas de lo que está bien y de lo está mal. He ahí que las principales religiones del mundo dieron inicio con el establecimiento de normas, como los Diez Mandamientos del sistema judeocristiano, y por consiguiente, occidental.
Sin embargo, estos sistemas de a poco fueron perdiendo sus justificaciones científicas y, en cambio, se exigía que se aceptaran las normas como dogmas. El ejemplo que rápidamente se me ocurre es, siempre, de la tradición judía, en la cual estaba establecido, incluso, con qué mano había que limpiarse luego de defecar. La izquierda, por supuesto (y para quien no lo sabía). Esto era explicable con las razones de que no tenían papel de baño, ni jabón, ni cubiertos para comer, por lo que debían preservar una mejor higiene para la mano que más se usaba (la derecha). Claro está, que esto seguramente fue establecido por un diestro y no por un zurdo.
Así como esta norma, el sistema moral judío estaba fundamentado en razones de peso, pero, si no mal recordarán, fue Jesús quien se enfrentó contra este sistema moral, que había perdido su justificación científica y que se exigía que se aceptara como Ley de Dios. “El hombre es para el sábado, y no el sábado para el hombre”, justificó en una ocasión, cuando le preguntaban que por qué sus discípulos no respetaban el descanso “obligatorio” del séptimo día.
Pero volvamos a lo nuestro. Sucede, pues, que si analizamos con atención, nuestras leyendas tradicionales se basan en sistemas morales que hoy día no tienen mucha vigencia y que las condiciones tecnológicas impiden que se den.
ANÁLISIS
Creo no sorprender a nadie si digo que la leyenda de la Siguanaba estaba dedicada a los hombres lujuriosos. Este espectro se aparece sólo a los hombres que caminan solos, cerca de barrancos o espacios abiertos, pero sobre todo a los donjuanes. Es decir, a los promiscuos o infieles.
O el Sombrerón, dirigido contra la coquetería de las mujeres, que aceptaban el cortejo de cualquier hombre, sin el consentimiento de los padres. O contra el aborto o el abandono de los bebés, el cual era el pecado de la Llorona. O contra el alcoholismo, el cual era combatido por el Cadejo.
O los Rezadores de la Recolección y la de los cheles del chucho, que condenan la curiosidad malsana, o la Tatuana, que probablemente procede de una leyenda con sustrato gitano español, más cercano a las leyendas de la Inquisición europea, y que condenan la brujería.
El sistema moral de las sociedades premodernas se transmitía a través de la tradición oral. Por ejemplo, en nuestro caso, durante la época colonial, no había medios de comunicación masivos tan efectivos, y fue a través de estos relatos que se lograba transmitir qué era lo bueno y qué era lo malo.
Con el siglo XX, esa función la fue tomando la televisión, que se encargó (y encarga) de definir lo moralmente aceptable. Ya de nada sirve la Siguanaba, sino basta con ver los programas de “Laura de América” en que se castiga implacablemente al adúltero, y se le conduce a los Tribunales de Justicia, a pesar de que no se conoce de ningún caso de condena formal en contra de alguno de ellos.
Por ejemplo, otro cambio de visión es que el alcoholismo es hoy día considerado una enfermedad, y no una mala costumbre, por lo que el Cadejo no podría lograr lo que con mucho esfuerzo logran los Alcohólicos Anónimos.
O querer convencer contra el aborto con la leyenda de la Llorona, sobre todo porque hay un fuerte movimiento feminista que exige la legalización de esta práctica como parte de los derechos de las mujeres.
Todo esto ya lo sabía Oscar Wilde (1854-1900) desde hace más de un siglo, al publicar El fantasma de Canterville (1887), en donde la moderna familia estadounidense Otis, se burla del castillo embrujado en donde un fantasma se esfuerza para asustarlos con manchas de sangre en el piso, que son combatidas con el detergente más poderoso y más caro del supermercado.
En cambio, otros “mitos urbanos” están más enfocados en mantener ese sistema moral, como aquella leyenda que dice que si te emborrachas con mujeres que no conoces y que intentas enamorar, amaneces al otro día con un fuerte dolor de cabeza, durmiendo sobre hielo y sin uno de tus riñones. Es como fusionar al Cadejo con la Siguanaba.