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miércoles, 18 de noviembre de 2009

Dejémonos de tabúes, mojigatos

A María Lourdes, que tardó en venir, pero ya vino


De algo sí esto seguro: es que tanto la Iglesia, como el Magisterio y la Familia, podrían ejercer una función (buena o mala) para la educación sexual. He leído argumentos en contra de que estas instituciones no deberían ejercer esta enseñanza, ya que ha habido casos de abusos sexuales tanto de maestros, sacerdotes y padres de familia. Claro, se dan casos.

LASTIMOSAMENTE, HACE MÁS RUIDO UN ÁRBOL QUE CAE QUE UN BOSQUE QUE CRECE.

Yo no creo que la educación sexual deba ser una papa caliente para lanzar hacia otro lado por no querer asumir la responsabilidad, pero que, al mismo tiempo, no nos gusta que el otro tenga esa potestad.


La Iglesia, sobre todo la Católica, se ha pronunciado a favor de la educación sexual, pero no de los métodos anticonceptivos. Guatemala, para quien no lo sepa, es un paraíso para la experimentación en métodos anticonceptivos. Si no, que lo digan las mujeres que han sido hospitalizadas de emergencia por reacciones adversas.


Yo no estoy en contra de la planificación sexual; al contrario, a como van las cosas, no se puede vivir sin planificar. Sin embargo, me da tristeza que haya parejas que optan por no tener hijos… pero ésa es una opción respetable, si se quiere.


PERO ME DA MÁS TRISTEZA VER A PAREJAS QUE, A PESAR DE QUE INTENTAN, NO PUEDEN TENER HIJOS.

Sé, por ejemplo, de una pareja muy creyente y simpatizante del Opus Dei, que la única forma de haber podido tener hijos propios era por inseminación in vitro, pero este método está estigmatizado por el sector más conservador de la Iglesia Católica, por lo que optaron por adoptar, tragándose muchas lágrimas y buena parte de su orgullo.

A PESAR DE ELLO, ME PARECE QUE SON FELICES.

¿Y no es la felicidad el medio y el fin del Estado, la familia y la religión? Si se pregunta así tan de frente, creo que todos dirían que sí. El problema es que nos enfrascamos en discusiones sobre cómo alcanzarlo o sobre qué es lo inmoral, y ponemos fuera de foco al ser humano, objeto de todas las instituciones.


La sexualidad -dejémonos de rodeos, mojigatos- es aún un tabú entre nosotros, y nuestras prácticas aún son a puerta cerrada, a luz apagada y boca cerrada, porque las instituciones nos han hecho creer en la “suciedad” de estos actos. Buena parte de nuestros problemas personales se deben a conflictos internos en torno a nuestra insatisfacción sexual, parafraseando a Freud, que, aunque ampliamente refutado, no deja de tener razón.


Una educación sexual científica y que, sobre todo, no vaya buscando favorecer otro tipo de intereses (ya sea políticos, empresariales farmacéuticos o religiosos) es primordial en nuestro país que proyecta su insatisfacción sexual en los conflictos de poder.


Sólo de esa forma, las relaciones sexual serán vistas como la caricia plena del amor erótico, el cual conduce, tarde o temprano, al ágape, es decir, a una buena convivencia. Sólo visto de esa forma, y con la formación necesaria, hombre y mujeres (sin poner límites en preferencias sexuales) podrán decidir cuándo y en dónde disfrutar (o no) de su sexualidad, y no a la fuerza, a escondidas o avergonzados por no sé qué impedimentos morales, políticos o académicos.


Y SI LA PAREJA QUIERE, NACERÁ UN BEBÉ DE ESA RELACIÓN, PARA QUE ESE FRUTO DEL PLACER SEXUAL VENGA A ESTE MUNDO CON MAYOR LIBERTAD Y MAYOR EDUCACIÓN.


lunes, 28 de septiembre de 2009

El eterno retorno a la niñez


A mi niño, porque yo también lo fui algún día, aunque ahora ya no se me note.


En esta semana, celebraremos de nuevo la fiesta del Día del Niño, conmemoración que se realiza casi siempre en establecimientos educativos y que, en la mayoría de los casos, pasa inadvertida en el hogar; en otras palabras, tiene significación para los infantes, mas no para los adultos. Para esta ocasión, haremos un retorno a ese período (¿feliz?) de nuestras vidas e indagaremos sobre la importancia del retorno, el eterno retorno a la niñez.


Por alguna razón, de vez en cuando se nos vienen a la mente imágenes de cuando éramos niños. ¿Necesidad psicológica, o simplemente efecto mental? Quién sabe; pero sin duda, el buscar cobijo en los recurdos de la niñez podría revelarnos cosas de nosotros mismos que, quizá, no queremos aceptar.


Y es que el añorar los brazos de mamá, tal vez es síntoma de los sentimientos de inseguridad que emanan de las sociedades actuales; o querer retornar a esa etapa feliz y sin preocupaciones, quizá refleje un estado de mucho estrés laboral o cuando se tienen miedo a asumir ciertas responsabilidades. ¿Qué más quisiera uno retornar a la niñez, cuando la única preocupación era estudiar, y no afrontar deudas, difíciles reuniones de trabajo o decisiones que podrían afectar a personas, incluso familias?


El referente más famoso, dentro de las letras universales, quizá sea el de las historias de Peter Pan, personaje creado por James Matthew Barrie, y que adquirió fama mundial gracias a la adaptación que la compañía Disney hiciera para el cine.


ARGUMENTO


Peter Pan, para quienes no están familiarizados con la obra, es un niño, que cuando era un bebé, salió volando por la ventana de su cuarto, mientras su madre dormía; Peter no había perdido la fe en que podía volar, por lo que salió levitado por la ventana, voló directo y de regreso a los Jardines de Kensington, donde está el lago donde se encuentra la isla de Nunca Jamás.


Peter vuela hasta la ventana de la familia Darling, porque le gustaban los cuentos de la hija mayor, Wendy, pero es la Sra. Darling quien lo ve antes que Wendy y sus hermanos. Poco después se le menciona como el niño que cuida y guía a las almas de los niños muertos antes de tiempo al más allá. Después de invitar a Wendy y aceptar llevar a sus hermanos a Nunca Jamás, viven varias aventuras hasta su terrible combate con James H. Garfio, su némesis.


Peter invita a la niña Wendy Darling al País de Nunca Jamás para que sea la madre de su pandilla de "los niños perdidos". Ésta acompaña a Peter a Nunca Jamás, porque le gusta la idea de ser una madre, y despierta a sus hermanos Michael y John para que también vayan con ella.


El Capitán Garfio le hace ver que huyó de su casa y que pudo ser una decepción para sus padres, esa acción tan precipitada. Tanto Peter como Garfio la quieren como madre, por su talento para contar cuentos y por su gran cariño y sensibilidad. Después de volver a casa, ella se queda en la casa de sus padres tras adoptar a los niños perdidos. Oficialmente tiene una hija llamada Jane y un segundo hijo llamado Danny.


Al final, Wendy decide que su verdadero espacio para vivir se encuentra en su hogar al lado de sus padres y por ello lleva a sus hermanos de regreso a Londres, mientras que Peter Pan se queda en Nunca Jamás, prometiendo a su compañera de juegos volver repetidamente a visitarla.


ANÁLISIS


El análisis psicológico de Peter Pan nos conduce a descubrimientos realmente asombrosos. En primera instancia, hay que revelar o recordar, que Barrie creó el personaje a través de historias que contaba a los hijos de su amiga Sylvia Llewelyn Davies. Al revisar la biografía de este escritor, se observa que su hermano mayor David, murió a los trece años de edad en un accidente.


Bien podría considerarse que, inicialmente, Peter Pan es la sublimación de ese niño muerto. Dentro de la obra, al protagonista se le otorga esa capacidad de guiar las almas de los niños muertos antes de tiempo al país de Nunca Jamás. Sin embargo, el personaje adquiere una complejidad superior a ello.


De acuerdo al cuento de Barrie, Peter es representado como un pequeño niño que se rehúsa a crecer y que habita -junto a un grupo conformado por niños con el mismo rango de edad que él, y que son llamados Niños Perdidos -, el país de Nunca Jamás, una isla donde conviven tanto piratas como hadas y sirenas, y en donde Pan vive numerosas aventuras fantásticas durante toda la eternidad.


Rehusar crecer es un síntoma -incluso común- entre todas las personas, sobre todo cuando se enfrentan a cambios drásticos de la vida, como cuando se empieza la universidad o a trabajar; cuando se deciden a comprar automóvil o casa; cuando se cumplen años redondos (25, 30,40 años, sobre todo), o en etapas de mucha tensión por responsabilidades que deben asumir.


Sin embargo, no debería simplemente identificarse la psicología de este personaja como el “no querer asumir responsabilidad”. Al contrario, Peter Pan se torna valiente y se enfrenta siempre a su enemigo, el capitán Garfio.


Este pirata no es el opuesto exacto de Peter Pan. Al contrario, ambos pelean por poseer a Wendy, la personificación de la madre, y que, a su vez, personifica la seguridad y el cariño de la infancia, dos sensaciones básicas para el buen desenvolvimiento del adulto. Quien careció de estas sensaciones, comúnmente suele tener problemas de inseguridad y de baja autoestima, lo cual se le atribuye a Garfio.


Es decir, Garfio y Peter son las representaciones de cómo asumir las responsabilidades: el primero con inmadurez, violencia e ineptitud, y el segundo con valentía, la cual sólo puede ser explicada por esa confianza que nos da la niñez.


EL RETORNO A LA NIÑEZ


No sólo Barrie ha indagado en ese retorno a la niñez. De hecho, esto es un leit motiv dentro de la literatura universal; como dos ejemplos famosos, incluimos en este mismo trabajo, un fragmento de Las confesiones de un pequeño filósofo del escritor español Azorín, y otro fragmento de Dibujos de ciego, del guatemalteco Luis Cardoza y Aragón.


Pero, ¿por qué esta necesidad de retornar a la niñez? Como ya se sugirió anteriormente, usualmente surge esta necesidad en períodos de mucho estrés o de inseguridad, y se quiere, pues, regresar a una etapa en que se tuvo todo eso, como para recordar cómo se hace o cómo se vive.


Como reflexión personal -aunque no sé si sea válida- considero que dentro de las sociedades actuales hemos perdido esa capacidad de volver a la niñez, a recordar períodos mejores. Es cierto, el cree que “todo tiempo pasado fue mejor” revela también incapacidad de adaptarse a los cambios del tiempos.


Sin embargo, con el retorno a la niñez me refiero a esa capacidad básica de volver a nuestra esencia, sin que el sensor del Superyó (en términos del Psicoanálisis) se haya apoderado de nosotros. Mi idea, básicamente, es que la niñez es ajena a egoísmos mal sanos, a corrupciones, a envidias mortales, y un largo etcétera de vicios que son propios de los adultos.


Hay que recordar la extensa alegoría de El señor de los Anillos, en donde Frodo, la personificación de la niñez, es el único capaz de llevar la argolla -que representa el poder- sin que se le corrompa el corazón. En cambio, el resto de personajes -adultos todos- no pueden resistir al anillo-poder y están dispuestos a mentir, matar y a hacer cualquier cosa por obtenerlo.


Cardoza, en Dibujos de ciego, nos ofrece visiones interesantes de la niñez, como que cuando recordamos a la infancia, no es que recordemos cómo fuimos de chiquillos, sino que es el niño que nos sueña siendo adulto. ¿Se habrá preguntado usted qué pensaría ese niño que fue sobre lo que actualmente es? No sé la vida personal de cada quien, pero creo que nuestro niño tendría mucho qué reclamarnos, sobre todo porque quizá no seamos el adulto que él soñó. Sólo esta idea me da ilusión que, algún día, al menos los políticos la tuvieran, y creo que con ese retorno a la niñez, el mundo sería mejor. Mientras nos formulamos estas preguntas, deseemos a nuestros infantes un feliz día este próximo jueves, y, ¡quién sabe!, quizá nuestro niño interior se despierte y nos diga unas cuantas verdades.


INDIGNACIÓN

No he podido resistir al deseo de visitar el colegio en que transcurrió mi niñez. “No entres en esos claustros -me decía una voz interior-, vas a destruirte una ilusión consoldarora. Los sitios en que se deslizaron nuestros primeros años no se deben volver a ver; así conservamos engrandecidos los recuredos de cosas que en la realidad son insignificantes.” Pero yo he atendido esta instigación interna; insensiblemente me he encontrado en la puerta del colegio; luego he subido lentamente las viejas escaleras. Todo está en silencio; en la lejanía se oye el coro monótono, plañidero, de la escuela de niños.


Siento una opresión vaga cuando entro en el largo salón con piso de madera, en que mis pasos hacen un sordo ruido; como en mi infancia, me detengo emocionado. Levanto los ojos; a lo lejos, al otro lado del patio, en el observatorio, el anemómetro con sus cacitos sigue girando. No ha parado desde entonces; corre siempre, siempre, sobre la ciudad, sobre los hombres, indiferente a sus alegrías y a sus pesares.


He subido las mismas escaleras, ya desgastadas, que tantas veces he pisado para subir al dormitorio. Aquí, en un rellano, había una ventana por la que por la que se columbraba el verde paisaje de la huerta; yo echaba siempre por ella una mirada hacia los herrenes y los árboles. Ahora han cubierto sus cristales con papel de colores. Ya no se ve nada; yo he sentido una indignación sorda. Luego, cuando he querido penetrar en el salón de estudio, he visto que ya no está donde se hallaba; lo han trasladado a una sala interior. Desde sus ventanas ya tampoco se apacentarán las infantiles y ávidas imaginaciones con el suave y confortante panorama de la vega; los ojos, cansados de las páginas áridas, no podrán ya volverse hacia este paisaje sosegado y recibir el efluvio amoroso y supremamente educador de la Naturaleza…


¿Tenía yo razón para volverme a indignar? Sí, yo me he vuelto a indignar en la medida discreta que me permite mi pequeña filosofía. Y después, cuando ha tocado una campana y he visto cruzar a lo lejos una larga fila de colegiales con sus largas blusas, yo, aunque pequeño filósofo, me he estremecido, porque he tenido un instante, al ver estos niños, la percepción aguda y terrible de que “todo es uno y lo mismo”, como decía otro filósofo, no tan pequeño; es decir, de que era yo en persona que tornaba a vivir en estos claustros; de que eran mis afanes, mis inquietudes y mis anhelos que volvían a comenzar en un ritornelo doloroso y perdurable. Y entonces me he alejado un poco triste, cabizbajo, apoyado en mi indefectible paraguas rojo.

Azorín

Confesiones de un pequeño filósofo


COMO SI FUERAS TU BISNIETO

La infancia te está resoñando; y no tú a la infancia, soñada por la infancia de todos, siempre única. No la inventas ni la recuerdas ni la sueñas. Crees que la exhumas; ella te exhuma y autopsia sobre sus rodillas vagabundas. Cuando se evoca y se invoca se piensa en el tiempo que falta por vivir y se imagina lo vivido. Te asomas a tu prehistoria, y tu rostro no es tu rostro. ¿Quién es aquel niño?¿Quién es? Ya no puedes cambiar tu muerte ni tu vida. La memoria díscola, tumbos de la noche en tus sienes, proyecta su sombra sobre el futuro, en donde vas queriendo identificar a tus hijos, como si fueras el padre de tus abuelos. Como si fueras tu bisnieto. Le eres ya tan extraño como ella te es extraña. A piedra y nube, te vive nuevamente, bajándote cielo, como los pájaros a los árboles. Diálogo de sordomudos cuyos ininteligibles sistemas de señales se crearon en universos distintos. Algunos fósiles, sin que los convoques, barajan edades, alzan el vuelo de la cripta de familiar al porvenir. Algo raigal los liga aparte de su invalidez, el hormiguero de resonancias, esa suerte de prenatales memorias de ultratumbas, en que la noche, la niña o la flor son dueñas de tensión cargadas de espera.

Luis Cardoza y Aragón

Dibujos de ciego

jueves, 3 de septiembre de 2009

Quién soy yo si no soy todos


- Doctor... he venido por varios meses y usted aún no me ha diagnosticado. ¿Qué sucede en mí?

- Bueno, quería hacerle más pruebas para estar seguro..., pero creo que su problema es que padece de personalidades múltiples.

- Claro, pero todas las personalidades funcionan al mismo tiempo, ¿no?

- No le haga caso, doctor; nosotros nunca aceptaremos ese diagnóstico.

- ¿Y por qué no? Siempre haz sido el más negativo.

- Lo que sucede es que vos siempre te fijas en todo.

- No..., yo creo que vos siempre andás dormido y nunca te das cuenta de nada.

- ... o te das cuenta de todo... nada se te escapa.

- Yo creo que debemos enfrentar el problema y tratar de superarlo, muchachos.

- Mejor no hagamos nada. Total, todo está perdido.

- ¡Ya salió el que nunca habla!

- ¡Y ya salió el que “siempre” habla!

- Señores, mantengamos la calma.

- Nada de eso, nosotros siempre tenemos la razón. Deberíamos golpear al doctor.

- Pero, señores, alguien quiere explicarme; no he entendido nada.

- No te preocupés... yo te explico luego.

- Sí, verdad. Es que vos crees que lo sabés todo.

- No, él cree que es el centro del universo.

- Yo leí en un libro que en verd...

- Siempre vos y tus libros... y ya no tardarás en cantar, ¿verdad?

- Si no mal recuerdo, en otras vidas nos sucedía lo mismo.

- No hubo otras vidas..., ésta ha sido la única y la estamos desperdiciando.

- No la desperdiciamos..., todavía hay tiempo.

- No le hagamos caso al doctor, mejor vámonos todos juntos... vonós, vonós.