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jueves, 9 de septiembre de 2010

No sé si te ha pasado...


Foto: allaboutyou.com

No sé si te ha pasado que, sin quererlo, por la calle te topas con unos ojos profundísimos en los cuales tu alma se zambulle para ahogarse allí.

Son ojos negros -quizá verdes-pero profundos, eso sí; mirada como con delineador, pero no se trata de maquillaje, porque quien no tiene esa mirada, ni la mejor máscara para pestañas puede darle esta agresividad, aunque, a veces, las pestañas pueden engañar.

Pero no se trata de maquilla, te dije, sino de verso reflejado en esos ojos bellos, pero no reflejarse en la retina, sino en el fondo de su hondo lago.

Química pura, dirían los doctos. Pero yo sé que es un no sé qué. Cabal.

martes, 23 de marzo de 2010

Ya lo sabía...


Sí, yo sólo sé que no sé nada…

Pero lo poco que sé, no lo revelo tan pronto. Lo callo y lo guardo en las alforjas de mi alma, como la uva de una buena añada que se guarda en barricas de cedro; un cedro torturado por los años, y que al bueno vino lo hace mejor.

Sí, no sé nada. Y lo poco que sé, me lo callo, y lo guardo en mi corazón para que se añeje, despacio, sin saber cuánto tiempo necesita estar en barricas, hasta que llega el momento de sacarlo, el momento justo, pues, y mi venganza sería dulce, vengándome de aquellos que se burlaron de mí porque no sabía nada.

Pero sí sabía, lo que pasa es que me lo callé, y ahora lo saco, añejo, más sabroso. Hay cosas que no valen la pena decirlas en un momento erróneo, sino que un momento justo.

Ése es el ingenio, decía Gracián, única prueba fehaciente de la inteligencia del ser humano.

Y cuando digo las cosas, es porque es su momento, no como cuando me mordí la lengua queriendo decirlas, e hice creer que no sabía nada; y no era cierto, lo que pasaba es que no decía nada. Pero ahora que lo digo, ya nada sé, porque lo que era mío, ahora es de todos, o simplemente de quien lo quiso escuchar.

Ya lo saqué de su barrica y ya no es mío, me vacío con las palabras, y lo que era mío, ahora ya no lo es. Y ya no lo tengo.

Ya lo decía. Yo sólo sé que no sé nada.



FOTO
: La Muerte de Sócrates (1787) de Jaques-Louis David.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Un narcosicario viene por mí


Con tanta violencia en este país, de cuyo nombre no deseo acordarme, algún día me tocará, algún mal bocinazo puesto en el tráfico, o no sonreírle a una bella señorita, será mi desgracia; o será más bien algún párrafo escrito, publicado en no sé qué dirección perdida de Internet, que nadie visita, sólo quien pagó al narcosicario. O, peor aún, algún texto que no escribí a favor de alguien habrá provocado mi sentencia de muerte.


En este país de australopitecus, lo único que queda es seguir la corriente. Levantar el sombrero para saludar sonriendo… el único problema es que yo no uso sombrero, y desde el inicio del proceso lo hice mal, muy mal, a pesar de que sonreí.


O quizá no estuve dispuesto a pagar un chantaje que hacían sobre mí, no haber votado por la nueva constitución, no estar de acuerdo con los impuestos, no repetir absurdamente las palabras de mi líder, quizá quise escudriñar en el pasado, o quizá estuve en el lugar incorrecto a la hora equivocada.


Ayer caminaba tranquilamente por la acera, y sin querer me topé con alguien, quizá ésa fue mi sentencia de muerte… o no le caigo bien a mi vecino… o no fui al concierto de moda… o no hablo bien tu idioma… o mi piel es de otro color… o mi minoría no es de tu mayoría… o tuve la suerte de nacer en tu tierra… o soy migrante… o soy homosexual… o soy heterosexual… o soy lesbiana… o soy activista… o soy ambientalista… o soy reaccionario… o soy lo que sea: seguramente eso provocó mi sentencia de muerte.


A veces, sólo con verte a los ojos, te ha provocado tal turbulencia en tu sucia alma, que no soportó mi limpia mirada, mi buen karma, mi armonía con el universo, que sólo ésa razón fue suficiente para que me mandaras a matar… incluso pediste que fuera un accidente; quizá una bala perdida, tal vez un tren descarrillado, o, incluso, mandaste un terremoto antes de los Juegos Olímpicos, para que pareciera una desgracia natural, y que mi muerte, junto a centenas más, diera paso a la intervención extranjera en políticas domésticas que, a mí, poco me importan, pero a ti sí; quizá quieres una justificación para desviar la atención política, quizá en el Congreso de Representantes estén consensuando una ley que no te interesa que aprueben, porque arruinaría tu negocio de exportación de personas, o de importación de muerte… qué sé yo, sólo sé que

UN NARCOSICARIO VIENE POR MÍ.


O quizá yo fui una persona maleva, que viví al borde de la ley, y que tarde o temprano debí haber esperado que un narcosicario viniera por mí… qué más da, a veces me di cuenta de que ya esperaban por mí, para que implantara mi silencio de maldad, silencio que protege a dictadores y a violadores de mujeres, que han obligado a abortar sus hijos que recién se forman. O quizá me presté para tu juego sucio.


UN NARCOSICARIO YA ESTÁ VINIENDO POR MÍ.


Alguien le ha dado mi fotografía, y hasta habrá pensado “Es presa fácil, tiene cara de maricón”, y tiró el cigarrillo que tenía entre los dientes, y lo machucó con odio, y el hígado le habrá dolido. Entonces, me buscará, alguien le dirá dónde estoy, a qué hora voy por el pan, a qué hora salgo de casa, a qué hora soy más vulnerable. Y “sin mediar palabra”, dirían los periódicos, me atacarás sin siquiera decirte por qué necesito seguir con vida, quién me espera en casa… qué le dirás, por ejemplo, a mi mujer, cuando vea mi ropa sin usar en el armario… no dirás: “Disculpe, es que me pagaron muy bien por su vida”; no, incluso la dejarás con la duda, de pensar que yo fui malo, muy malo, y hasta dirán: “se lo merecía; saber en qué cosas andaba… el que mal empieza, mal acaba”, o, como diría el Colocho “el que a plomo vive, a plomo muerte”.


O, quizá, tenga suerte, y no dirán “¡Qué bueno!”. Tal vez estaba en una buena posición social, tal vez periodista, tal vez activista, tal vez político… entonces sí, se levantarán las voces, y a pesar de que pude haber sido malo (y quizá sí lo fui), no seré una estadística más, sino que seré un mártir de la violencia, y mi muerte dará comidilla a los periódicos por una semana, para decir que fui el “defensor” de tal o cual cosa, el mártir del Facebook o Twitter, y condenas internacionales vendrán al país, y pagarán onerosos espacios en los medios de comunicación para repudiar el crimen, y dirán “¡Qué bárbaros!”, si era tan bueno, y quien sepa de las colas que muchas veces me machucaron, no alzarán la voz para decir “Fue malo”, sino que hablarán de mí por debajo de la mesa, mientras que en mi funeral, en la sala principal hablen maravillas, afuera, en el patio de fumadores, estarán diciendo cosas de mí, malas, por supuesto.


Pero para entonces, yo ya no tendré dolor, y quizá sólo se me permita ver desde lejos (arriba o abajo) mi último adiós, a mi mujer vestida de negro, y con el delineador corriendo derretido por sus pómulos, porque -a pesar de que se juró que no iba a llorar- lo hizo, cuando alguien le preguntó “¿Y qué pasó? Es que estaba afuera del país y no me enteré”. Desde arriba veré, y me daré cuenta de que todo esto no vale la pena, y que sólo fue tránsito… que la vida sigue, y que la muerte, ¡já! es un invento creado por las funerarias y por los hospitales que no saben cómo explicar la negligencia médica. Pero que más allá de este mundo impune e injusto, hay más, y entonces me daré cuenta que todo esto no vale la pena, y que los columnistas no tenían razón… y que la televisión sólo puede transmitir imágenes planas… y que vos y yo fuimos condenados a cadena perpetua, mientras dure la vida, a este mundo, pero que al finalizar, podríamos ser libres: ajá, si quisieras, claro, porque si querés seguir atado, está bien, quédate, sigue esta vida, en este mundo que, al contrario de lo que pensaba Colón, sí está montado sobre un par de tortugas gigantes: sí, quedate, quedate, yo sigo, voy para arriba, y no paro… el cosmos me espera, es tan infinito y mi alma tan grande, que ya no cabía en este mundo… entonces sí, no pararé y todo aquello que quería hacer, lo haré… y todos los libros que quería leer, los leeré… y todos los vinos que quise catar, los cataré… y aquel café que quería tomarme contigo, me lo tomaré, aunque sea solo, y ya no tendré límites, nunca más.













UN NARCOSICARIO YA ESTÁ FRENTE A MÍ




















¡PUM!







No me digas nada, ya lo sabía


Hoy llueve dentro de mí,
y nadie quiere mojarse.

Hoy presiento que va a llover dentro de mí
Ya huelo la humedad que antecede a la lluvia
Esa humedad que es como el vibrato silencioso que antecede a un terremoto
Donde no se salva ni dios, ni ¡puta, madre! Ni el diablo.

Ya se ven las nubes grises correrse al centro de mi alma
Vinieron empujadas por Céfiro, por un sistema de alta presión que se generó en mi cabeza.
¡Quién me manda en pensar en esas cosas!
Ya sabés vos, ¿verdad?
¿Por qué soy así? ¿Por qué actúo así? A veces me pregunto si yo hubiera nacido siendo otra persona, ¿habría sido -o seguiría siendo- como soy?

Ya se han sentido las primeras gotas. La primera siempre cae pesada, como un zarpazo de Apolo sobre la cabeza, cuando tienes migraña. Las primeras gotas te desconciertan… en realidad, no pensabas mojarte; te vestiste temprano y nunca pensaste en mojarte. ¡Tu peinado! ¡Qué dirán en las oficinas al verte empapado! No… ni dios lo quiera, yo no salí para mojarme. Por eso, las primeras gotas siempre son pesadas. Luego aflojas el cuerpo, y cuando tiritas, te das cuenta que el mundo es vanidad, vanidad de vanidades, que aquello que tanto anhelas, que tanta envidia genera en tu corazón, no es nada. Simplemente quieres llegar a casa a encobijarte.

Es natural que llueva… todos estos árboles, las flores, los animales, atraen la lluvia. La anhelan. Las calles con su asfalto derritiéndose lentamente también la anhelan. No hay nada más bello, ¡oh mi dios! Que la ciudad reflejada sobre los charcos.

Es natural que el mundo atraiga la lluvia. Tanta belleza atrae la belleza.

Pero el cielo deja su tono morado y, por fin, deja caer su ira pesada. Y ese olor a tierra húmeda nos hace recordar que la tierra no es nuestra.

Entonces, nadie quiere salir a jugar.
Ni a encontrarse en los cafés para besarse
Ni encontrarse a un desconocido en la calle y platicar sobre el clima
Ni tirar maíz a las palomas de los parques

Los mensajeros en motocicleta corren para no mojarse.
Aunque necesiten salir, no salen. Y quienes no tienen alternativa, salen pero maldiciendo mil veces a la lluvia.
¿Qué te hice yo, maldición?
Y esta lluvia no cae en gracia, siquiera, de quienes no tienen agua potable en su casa.

Hoy llueve dentro de mí
Y nadie quiere mojarse.