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lunes, 9 de noviembre de 2009

Sueño número 3


Con motivo de la cancelación del programa televisivo -reality show, más bien- en el Reino Unido, Big Brother, (probablemente, por ello) soñé anoche que éste, es decir, el Big Brother, se hartó de todo y quiso poner fin a su presencia, y puso una nueva regla: 168 horas para asesinar a cuantos quisiéramos. Eso sí, de por medio, había que haber una “buena” justificación.


El objetivo era que ya el mal se había arraigado tanto en el mundo, y por ello, como fue en su tiempo el Diluvio Universal o el Ángel Exterminador, habría una nueva época en que habría una nueva limpieza, pero esta vez a cargo de nosotros, es decir, de los humanos.


Ni lentos ni perezosos, todo mundo salió a las calles y empezó a matar a cuantos caígan como cucharada de aceite de hígado de bacalao antes de desayuno. Uno tras otro, de los que tenían la sangre más pesada, iban cayendo.


Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de la oportunidad de oro que teníamos, y que por una vez en la Historia Universal de la Humanidad, la opción estaba en nuestras manos para cambiar de una vez por todas este mundo. Así que, de a poco, los asesinatos justificados simplemente por cómo nos caía la gente, empezaron a ser menos. Al principio -que fue como al segundo o tercer día de la nueva regla del Big Brother-, decayeron los asesinatos, ya que no sabíamos a quién o a quiénes. Pero de a poco empezamos a razonar y a hacer justicia por nuestras pistolas.


Además, matar sólo por matar tenía su contraparte, porque -según las reglas del Big Brother- esto se hacía como un acto de justicia, y si se mataba sin justificación, entonces alguien podría matar al victimario también como acto de justicia, y con justificación.


Entonces, cada quien hacía justicia y se cuidaba sus espaldas. Al fin de las 168 horas, el mundo era, francamente, mejor. Sin embargo, había una sorpresa más.


Al finalizar el plazo impuesto por el Big Brother, empezaron a surgir de las reposaderas, donde se habían escondido, los políticos cobardes y mañosos, que habían huido, sabiéndose que perecerían con las nuevas reglas. Y, al concluir el plazo, salieron como si nada, queriendo retomar sus puestos de trabajo, lo cual significaba que se mantuviera el status quo.


Con todo el pueblo -lo recuerdo bien en el sueño- nos quedamos desconcertados, sin saber qué hacer. Pero, lo que no nos habíamos dado cuenta, es que el Big Brother, en realidad nos había enseñado una forma de organizarnos y de no dejarnos. Y, a pesar de que el plazo había vencido, decidimos autogobernarnos y matar a cuanto reptil rastrero había quedado. Y los resultados, para los mañosos, fue peor.


En las 168 horas, nos habíamos especializado en las formas más violentas de hacer justicia, y ahora podríamos refinar nuestro arte con esas ratas de dos patas. Tatuarles los testículos era una caricia comparado con lo que les hicimos.


Entonces, sí, el mundo fue mejor. Sin quién quisiera dirigir nuestras vidas.


Sólo de vez en cuando salía -en el sueño, por supuesto- Emiliano Zapata y decía: “Creo que ya es hora de empezar a sembrar”, y tomaba su azadón y empezaba a echar punta. Nosotros lo seguíamos, como una de las pocas autoridades que reconocíamos.



Sueño número 2


Soñé que estaba hospedado en hotel de Europa, cuando vi en la televisión que informaban sobre el fraude de una persona en un cajero automático, robándose 122 millones de dólares. El reportaje televisivo era muy bueno, y explicó, paso por paso, cómo lo consiguió. Entonces, yo intenté hacer lo mismo en el cajero automático del mismísimo hotel en que me encontraba. Así que lo hice, y, de repente, salió el mensaje de espera:


ESPERE UNOS MINUTOS

ESTAMOS PROCESANDO SU SOLICITUD


Entonces, por la pura fuerza, salieron dos monedas de un dólar cada una, y luego un billete de a veinte dólares, y después uno de a cien. Y, así, en un loop impresionante. Me imaginé –en mi sueño, por su puesto- que esa operación la haría un millón de veces, hasta completar los 122 millones de dólares.


Empecé a suponer que el cajero automático se estaba sobrecalentando, cuando empecé a ver que los billetes salían quemados, es decir, como que si fueran galletas que están mucho tiempo en el horno.


Ya estaba tardando demasiado, y yo, que estaba en el lobby del hotel, temía parecer demasiado sospechoso. Entonces, entró mi papá, a quien lo imaginé –en el sueño, por supuesto- como Andrés García, pero ya viejito. Seguramente, mi subconsciente recordó los últimos capítulos que vi de la novela El privilegio de amar, en repetición, doce años después, en el canal Telenovelas.


Yo estaba muy apenado, porque pensaba que mi papá se iba a dar cuenta de lo que hacía. Entonces, como por suerte del destino –cosas que sólo ocurren en sueños- el cajero terminó la operación, pero no sabía si era porque ya me había dado mis 122 millones de dólares, o porque se había quedado sin dinero.


Entonces, entró mi hermanita menor, la que nunca tuve, que se parecía –en el sueño, por supuesto- a la niña que aparecía en la serie Mi profesor favorito; y dijo: “Es ridículo que no puedan capturar a alguien con 122 millones de dólares en efectivo, porque eso forma un montón de billetes, imposible de cargar”.


Me empezó a entrar pánico, porque ahora no sabía cómo esconder todo el dinero que había sacado del cajero electrónico. Sobre todo, porque sabía -en el sueño- lo difícil que es llevar ahora mucho dinero en efectivo en los aeropuertos.


Era tal mi angustia, que me vi forzado a despertarme.


Tras algunos minutos de haberme despertado, reflexioné sobre lo que hubiera hecho. Hubiera gastado todo lo que hubiera podido, e incluso hubiera comprado varias maletas para llevarme toda la mercancía y hubiera pagado sobrepeso, sin importar cuánto era. Ya en el aeropuerto, hubiera tirado en el baño el dinero que me sobrara, sin importar cuántos millones fueran.


Tras varias horas de haber reflexionado esta solución, me di cuenta de que era inviable, empecé a cuestionarme de dónde había sacado tanta mulada y me juré a mí mismo, como si fuese un propósito de Año Nuevo, dejar de jugar tanto Mafia Wars.


Sueño número 1


Soñé que estaba a punto de abrir el portón de mi casa, cuando una sombra en la calle me previno de algo sospechoso. Con cautela abrí (porque supongo que, en el sueño, tenía prisa de irme de la casa), y observé que no había nadie afuera. Sin embargo, noté que sí había alguien adentro de mi carro, que estaba estacionado afuera. Recordé -dentro del sueño, por supuesto- que recientemente me habían abierto el carro para robarme todo lo que se pudiera, sobre todo la llanta de repuesto y la herramienta para cambiarla.

Sentí temor de que los presuntos delincuentes me vieran y creyeran que los iba a delatar. Sin embargo, pudo observar que no eran los presuntos delincuentes, sino que una pareja que, en busca de un poco de privacidad, habían abierto mi carro para besarse (o algo más) lejos de la mirada de la gente. Eso, a pesar de que, dentro del sueño, ya era muy noche, y las calles estaban desiertas.

Entonces, del pánico pasé a una actitud más valerosa. Toqué el cristal del carro, y pronto salió el hombre. Y, a pesar de que ya había descartado la idea, su imagen me evocó a esos delincuentes que infunden miedo con sólo verlos, y supuse que él me estaba advirtiendo que lo dejara en paz, porque si no ya no lo iba a contar (o escribir, en este caso).

Pero yo no me amilané. Hice el ademán como de sacar una pistola; entonces él retrocedió y se mostró dócil. Se fue para atrás, como queriendo tener más espacio de acción en caso disparase yo con mi presunta pistola, hasta que topó él en la casa de enfrente, y ya no tuvo remedio. Se volteó y dejó expuesta su mochila que llevaba en las espaldas.

Para tal situación, la supuesta mujer que estaría dentro de mi vehículo ya se había esfumado, así como se esfuman las mujeres dentro de los sueños.

El hombre estaba acurrucado de espaldas, vencido, y exponiendo su mochila. Yo la abrí para ver qué armas traía él, y encontré puras llaves inglesas, y supuse que ciertamente él era ladrón de piezas de vehículos, y que seguramente éste era el hijueputa que me había robado mi llanta y herramienta para cambiarla.

Entre las llaves inglesas, reconocí un cuchillo romo, parte de los cubiertos de mi casa. Lo reconocí y supe de inmediato que ese cuchillo era muy pesado, así que lo saqué, y le empecé a pegar en la coronilla con la parte con que se toma el cuchillo, es decir, no con el filo.

Él tenía de esas gorritas, casi pasamontañas, que usan en nuestros clichés los ladrones, y entonces se la quité para que la sangre brotara de su mollera. Recordé la mollera suave de mi hija. Al quitarle el gorrito, pude ver que su piel era oscura, como café, y que era pelón, completamente.

Un señor iba pasando por la calle. Fui tan sinvergüenza que ni siquiera disimulé y parar mi acción violenta. “Buenas tardes; yo vivo ahí enfrente”, le dije. Y, entonces, él sabiendo que yo era vecino, continuó su camino. Si yo pudiera oír en sueños, hubiera jurado que se fue silbando.

No sé en qué terminó el ladrón. Supongo que lo maté.