El tema del libro y la expansión de la lectura ha dado muchos jalones de cabellos en los últimos años, no sólo en Guatemala, sino que en Latinoamérica. Es común síntoma que, tras largas dictaduras, los pobladores no se sientan atraídos a las actividades intelectuales, ya que el común d los mortales sufrió de una castración de la voluntad de pensar.
Dentro de una dictadura, es un privilegio leer, y quienes tienen acceso a la lectura (más que acceso a la educación) se les potencia su capacidad de oposición. La educación, dentro de un sistema de dictadura, más que una liberación, es una cadena que ata; obviamente, los dictadores se cuidan de que en las escuelas se ofrezcan sólo los temas que les interesa para perpetrarse en el poder.
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En Guatemala, por ejemplo, desde la Independencia hasta Ubico, el sistema educativo cambiaba según los intereses del partido de turno. Los conservadores, como Rafael Carrera, no estaban interesados en la educación primaria. Es preferible, pues, tener a un pueblo analfabeto que no cuestione un poder basado en familias hegemónicas, que es, a la larga, la definición más sencilla -y por ende más simplona- del conservadurismo.
Para los liberales, como Mariano Gálvez, era preferible fomentar la educación primaria, incluso básica, para formar mano de obra tecnificada, que luego te pueda mejorar la producción industrial. Sin embargo, desestimaban la educación superior, es decir universitaria, para evitar que la población se vuelva científica, es decir, intelectual.
Claro está, que hubo liberales y conservadores que se saltearon la regla, y esto no se aplicó con jefes de Estado como Justo Rufino Barrios o Jorge Ubico, que simplemente truncaron la capacidad educativa.
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Pero volviendo a la lectura, ésta es fundamental, incluso en sistemas educativos fuertes. A través de la lectura ingresa la mayor parte del conocimiento científico. Hay otras posibilidades, claro está, pero es a través de la lectura que se pueden lograr mejores resultados. ¿Por qué? Porque con la lectura, el ser humano se enfrenta solo ante un texto. Usualmente, la lectura no debería dar posibilidades a confusiones... quizá sí a polisemias, pero nunca a conceptos completamente equivocados. Un mal lector, probablemente, no comprenda el texto, o comprenda a medias, o quizá se imagine conceptos cercanos; pero ni el peor lector comprende completamente lo contrario a lo que lee.
Además, la lectura te permite la individualidad de profundizar y acelerar el conocimiento, mientras que el sistema educativo casi siempre es colectivo, y su objetivo es que todos avancen más o menos por igual.
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Es por ello, que en pleno siglo XXI, en donde hemos salido de ciertas ataduras políticas, sobre todo en Latinoamérica, es imprescindible optar por países lectores, porque sólo así podremos potenciar individualidades intelectuales.
Claro está, con sistemas educativos tan empobrecidos como el nuestro, se parece más a un modelo neoconservadurista, que privilegia la privatización y la elitización del conocimiento.
Y, en consecuencia, este sistema neoconservadurista tampoco ha hecho mucho para favorecer la lectura. Yo sé, por ejemplo, que en países culturalmente más desarrollados, como México, Argentina, etc., el libro carece de tasa impositiva. No sólo en cuanto al IVA, sino que al impuesto arancelario e impuestos a productos para la elaboración interna de libros.
Y, se quiera o no, el alto costo de los libros es una limitante para un país en que el valor del salario mínimo es menor al costo de la canasta básica vital.
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Venezuela recién acaba de lanzar, hace un mes, su plan de Plan Revolucionario de Lectura, que consiste en la capacitación de cuadrillas que promuevan el libro, además de ofrecer, a través de las editoriales estatales, libros con valor simbólico.
Se realizó una lista de cien libros “esenciales” y se hará un tiraje de dos millones y medio de libros, es decir un tiraje de 25 mil ejemplares de cada uno de la lista de cien.
Me parece que a principios de año (no estoy seguro), el Gobierno de Venezuela también eliminó la ayuda que ofrecía a libreros y editoriales para la importación de libros.
En ese contexto, hay libros que llegaron a costar mucho dinero, como ejemplares de Harry Potter, que alcanzaron más de los 130 dólares cada uno. En consecuencia, el mercado de libros decayó, ante la queja de los libreros.
Los libreros de Venezuela indican que la mayor parte de las ventas de libros son importados, y sobre todo libros de autoayuda, los de Harry Potter y Quién se ha robado mi queso, como los bestseller.
Valga decir que la tendencia en Guatemala es similar. Si se hace un sondeo entre los libreros, estoy seguro que enumerarán a Paulo Coelho, Harry Potter, Dale Carnegie, El rinoceronte, entre otros similares.
En cambio, el plan de Venezuela (que sobra decir que está impulsado fuertemente por su presidente Hugo Chávez) contempla libros de “tendencia antiimperialista”. Sin embargo, no es del todo cierto, porque también se observan libros, dentro de la lista, como El Ariel de José Enrique Rodó, poemas de Rubén Darío o novelas de Rómulo Gallegos.
La eliminación de la ayuda para la importación fue justificada por el gobierno venezolano con que había libreros que no estaban utilizando ese dinero para ese fin, y que en cambio desviaban la ayuda para otros fines.
Quién sabe.
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¿Dictadura de libros? Sin duda, para muchos, este plan de Chávez les sonará como cualquier otra cosa de Chávez, que huele a “dictadura marxista”. Sin embargo, yo considero que el plan tiene sus pros y sus contras.
Sus contras, obviamente está que pareciera una dictadura de libros, y que hay alguien que te está obligando prácticamente a leer una lista esencial, y no cualquier libro de libre elección. Sin embargo, como dije, no todos los libros pueden ser catalogados como “antiimperialistas”, porque se caería en anacrónicas inexactitudes.
Incluso, Las venas abiertas de América Latina, el regalo de Chávez a Obama, y que muchos lo catalogaron, por ese gesto, como la “biblia antiimperialista”, no se encuentra en la lista de cien libros “esenciales”.
Las ventajas de este plan de Chávez está en que ofrece muchos libros, incluso más de lo que lee el lector promedio. Además, los ofrece a precios muy bajos, casi gratis.
Además, los libros elegidos están pensados para formar un criterio amplio, y no, como creen algunos, que para poner límites al pensamiento.
Lo malo, también, es que no será tan fácil conseguir otro tipo de libros.
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Pero, quizá, lo más rescatable es que se esté atacando a una dictadura mayor. Si hemos podido darnos cuenta, son pocas las editoriales las que dominan el mercado del libro en Latinoamérica. Empezando con la literatura, algunas cuantas editoriales españolas dictaminan, prácticamente, qué autores leer. Fundamentalmente son Alfaguara y, menor grado, Anagrama.
En las librerías, en ferias de libro, incluso en “grandes” eventos como la Filgua, son estas editoriales quienes dictaminan al consumidor qué comprar, e incluso define a qué escritores leer. Los demás libros y escritores prácticamente están siendo invisibilizados.
Recientemente, en París, en el 5e Salon du livre d’Amérique latine, la cita era muy atractiva, con la presencia de varios escritores destacados de Latinoamérica. Yo fui con el interés de comprar algunos libros, muchos de los cuales son difíciles de conseguir en Guatemala, por ejemplo.
Sin embargo, cuál fue mi decepción al encontrar la mesa de exhibición dominada por Alfaguara, Anagrama y el Fondo de Cultura Económica.
Y muchos de los autores que han sido traducidos al francés son quienes han publicado en estas editoriales.
Además, observar que ciertos medios de comunicación son los más influyentes para impulsar las agendas de sus colaboradores y trabajadores. Tales son los casos de El País, de España, y Le Monde, de Francia.
Me parece que en Guatemala se quiere replicar este mismo modelo. Ya existe cierto monopolio sobre qué leer y qué no. Los medios de comunicación normalmente dan toda su atención a los libros de estas editoriales, e incluso se tiene preferencia para reseñar sus ediciones.
Pese a ello, fue refrescante observar en el Salon du livre... algunas traducciones al francés de Augusto Monterroso (cuyos libros traducidos, un día después que fui ya habían sido comprados), sorprenderme con una traducción al francés de Tres tristes tigres de Cabrera Infante, y la presencia, en uno de los foros, del poeta guatemalteco Alan Mills.