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viernes, 31 de mayo de 2013

Irremediablemente

El ambiente apesta, irremediablemente, a cheque,
y los cobradores lo saben.

El trabajador recibe con angustia el pago;
ya no es ni siquiera puede estar contento por unos minutos
sabiéndose que su billetera rompió la dieta
que hizo por casi un mes.

Al terminar su labor, el trabajador se irá,
irremediablemente,
rumbo al banco para sacar su salario.

sábado, 22 de enero de 2011

La Controversia Menchú: legitimación y deslegitimación del movimiento indígena

Esta semana, dio inicio con la divulgación del segundo cable filtrado por el portal Web WikiLeaks , en el que se resaltó la supuesta opinión del presidente Álvaro Colom con respecto a Rigoberta Menchú, Premio Nobel de la Paz de 1992. Pese a que el cable tenía otro énfasis, lo que se enfatizó fue este punto.

El cable tiene su origen en un comunicado que enviaba el exembajador de Estados Unidos en Guatemala, James Derham, aparentemente tras la recepción que organizó por su despedida de la misión diplomática en el país. El documento iniciaba informando sobre la decisión del Gobierno central de adherirse a Petrocaribe, y opiniones en torno a ello. La parte sobre la doctora Menchú fue secundaria, incluso, refiere la última parte del documento filtrado.

En una traducción libre, el comentario del exembajador Derham, sobre las presuntas opiniones del presidente Colom sobre la Premio Nobel, son las siguientes:

“Con relación al clima de inversión, el Embajador abordó el incidente del 21 de junio en el que los manifestantes indígenas se opusieron a la construcción de una cementera, en la que murió un líder comunitario que estaba a favor del proyecto.  Colom dijo que la ex candidata presidencial y Premio Nobel de la Paz, Rigoberta Menchú, es responsable, al menos parcialmente, de incitar al rechazo de la cementera. Colom advirtió a Menchú que tenía que responder por su incitación a proteger las tierras.”

Para Colom, era aceptable proteger las tierras, pero no así la violencia que condujoa un asesinato, y advirtió que tendría que cumplirse la ley.

Asimismo, según Derham, Colom habría dicho que Menchú fue una "fabricación" de la antropóloga francesa y autora Elizabeth Burgos, quien escribió el libro, Me llamo Rigoberta Menchú y así me nació la conciencia, que llevó a Menchú a la atención internacional. Para Colom, Menchú es ampliamente rechazada por los pueblos indígenas de Guatemala, como lo demuestra su pobre desempeño en las elecciones presidenciales de 2007.

Según Colom, él estuvo presente en una ceremonia maya en 1997 en la cual los líderes indígenas dispensaron a Menchú por la traición que hiciera a su pueblo. Además, según el presidente, si se da crédito al cable de WikiLeaks, le habría aconsejado no postularse para no perder su reputación política.

Por supuesto, estas supuestas declaraciones han sido ampliamente rechazadas por el movimiento indígena, incluida la doctora Menchú, aunque también el presidente Colom ha negado haberlas realizado.

Sin embargo, este punto resulta inevitable, sobre todo porque la reputación de WikiLeaks ha crecido desde que empezó a liberar documentos oficiales. Asimismo, es improbable el exembajador Derham haya inventado declaraciones, bajo el supuesto de que él habría considerado este documento como confidencial e informativo sobre la situación real del país, por lo que no tenía ninguna motivación aparente para tergiversar.

jueves, 7 de octubre de 2010

Sobre el Nobel a Vargas Llosa



Para quienes me preguntan mi opinión sobre el Premio Nobel a Vargas Llosa, anunciado hoy por la Academia Sueca, debería advertir, primero, que la reacción debería ser tan compleja como se perfilan las decisiones del Nobel.

En algo tendríamos que estar de acuerdo: sin duda alguna, el Premio Nobel de Literatura es el más prestigioso para un escritor. Y, por ende, si goza de tal prestigio, es porque la misma Academia se ha preocupado en mantener un estándar de calidad, sobre todo en sus decisiones después de la Segunda Guerra Mundial.

Digo esto como previa, ya que sé que para muchos Mario Vargas Llosa no hubiera merecido el Premio Nobel, justificando este rechazo por sus posturas políticas, y muchos no se explican cómo se lo fueron a otorgar, siendo un defensor a ultranza del neoliberalismo.

jueves, 9 de septiembre de 2010

No sé si te ha pasado...


Foto: allaboutyou.com

No sé si te ha pasado que, sin quererlo, por la calle te topas con unos ojos profundísimos en los cuales tu alma se zambulle para ahogarse allí.

Son ojos negros -quizá verdes-pero profundos, eso sí; mirada como con delineador, pero no se trata de maquillaje, porque quien no tiene esa mirada, ni la mejor máscara para pestañas puede darle esta agresividad, aunque, a veces, las pestañas pueden engañar.

Pero no se trata de maquilla, te dije, sino de verso reflejado en esos ojos bellos, pero no reflejarse en la retina, sino en el fondo de su hondo lago.

Química pura, dirían los doctos. Pero yo sé que es un no sé qué. Cabal.

sábado, 17 de julio de 2010

Los Jueces de Arnoldo Gálvez Suárez



Arnoldo Gálvez Suárez, un autor que aún no llega a los 30 años de edad, logró ganar, en el 2008, uno de los más importantes premios de novela de la región: El Premio Centroamericano Mario Monteforte Toledo, con su obra Los Jueces. Con ello, una grata sorpresa provocó este autor, quien únicamente había publicado un libro de cuentos, titulado El tercer perfil (Editorial Letra Negra, 2005), ya que vino a oxigenar el catálogo de novelistas del país. Un año después, publica esta obra bajo el sello de Letra Negra.

La novela presenta un conflicto de actualidad, y, aunque no lo refiera propiamente en el libro, la narración podría bien desarrollarse en países como Guatemala u otros de Latinoamérica, en la cual el conflicto de la impunidad está latente.

Los Jueces tiene como trama central el linchamiento de un indigente, a quien acusan de intentar violar y provocar la muerte a una joven mujer. Alrededor de este hecho, se entrelazan las historias, todas de los vecinos de una colonia.

jueves, 8 de julio de 2010

“Dr. Fukuyama, aquí lo saluda la historia”


Álvaro García Linera, vicepresidente de Bolivia, comentó que en Washington, en 2007, tuvo la oportunidad de saludar a Francis Fukuyama -aquel intelectual que se apresuró a declarar, en 1989, el Fin de la Historia, aduciendo que la Humanidad había alcanzado la perfección a la luz del Neoliberalismo.

García Linera había recibido un consejo de parte de un asistente suyo, que le sugirió saludar en tono de broma: “¿Cómo está Dr. Fukuyama? Aquí lo saluda la historia”.

Esta historia está referida en el Prólogo del libro ¿En el umbral del posneoliberalismo? Izquierda y gobierno en América Latina del doctor guatemalteco en Sociología, Carlos Figueroa Ibarra, el cual se presenta hoy por la noche, bajo el sello de F&G Editores.

viernes, 25 de junio de 2010

La pirueta: El efecto Brecht en la literatura guatemalteca


Eduardo Halfon se ha convertido en uno de los escritores simbólicos de la literatura guatemalteca actual, lo cual es contradictorio porque su narrativa se aleja mucho del canon de lo que hemos reconocido como letras nacionales. ¿Qué es literatura nacional? Eso bien podría dar para otro artículo periodístico o, incluso, un libro. Pero mi objetivo en este texto no es esto.

Decía, pues, que Halfon es uno de los escritores más mediatizados internacionalmente y que, en consecuencia, es uno de los representantes de la literatura guatemalteca. Pese a esto, no hay mucho de guatemalteco en sus páginas. Su narrativa puede tener como escenario ambientes guatemaltecos, pero no es el mismo espacio que hacía uso, por ejemplo, Miguel Ángel Asturias o los narradores del período bélico del país.

Por ejemplo, en su más reciente novela, La pirueta, es la historia de un pianista serbio, Milan Rakić, quien ofrece un recital en La Antigua Guatemala, donde conoce al narrador, un tal Eduardito o Dudú.

martes, 10 de noviembre de 2009

Semblanza de un Ingeniero en Aerodinámica Neumática Automotriz (¡pinche cabrón!)


Hay algunos oficios que son simplemente apasionantes y deseables. Uno de ellos es el de Ingeniero en Aerodinámica Neumática Automotriz, o más conocido como “dependiente de pinchazo”.


Al contrario de oficios y profesiones en que es un quebradero de cabeza hallar soluciones, el “dependiente de pinchazo”, o dicho –de ahora en adelante, pinche cabrón- no tiene más que tres opciones, las cuales se las sabe de memoria.


  • a) o la llanta está pinchada con, al menos, un puyón,
  • b) tiene los bordes malos (que nadie sabe qué significa), o
  • c) falla la válvula.


El procedimiento es muy simple. La llanta es introducida en un baño lleno de agua con jabón, y donde empieza a ver que sulibeya (esta palabra es de los Mejía Godoy), cabal allí está la zona para trabajar.


Los pinches cabrones nos tienen a sus pies. Sólo cabe una posibilidad de escapatoria: de que usted haya reemplazado la llanta por la de repuesto.


Sin embargo, si usted llega con la llanta a medio pincharse, o no tiene llanta de repuesto, al pinche cerote (perdón, pinche cabrón) no tiene otro remedio que utilizar su propio tríquet, y dejar el carro ahí a medio levantar, sin posibilidad de decir: “sabe qué, mejor vuélvame a poner la llanta y me voy a ir a otro lado”.


Queeeee… Primero sale más fácil de la Prisión Preventiva que de las fauces del pinche cabrón. Ahí está usted a su merced. Debe esperar la evaluación, la cual puede ser como la siguiente:


  • - Fíjese que está pinchado (claro, eso usted ya lo sabía), pero no le puedo poner parche, sino que debe ser con tubo - tiende la trampa la hábil araña.
  • - ¿Y cuánto cuesta, pues? –dice la ingenua mosca, a medio paso de caer en la telaraña.
  • - Mmmmmh (se queda pensando el muy cerote, como que si no supiera; lo que pasa es que estima la ingenuidad del cliente)… como unos 45, con todo y todo –dice sin parpadear ni tragar saliva.
  • - Pero, y ¿por qué? Yo miro que la llanta todavía está lisa –se intenta salir la mosca, sin saber que ya está sobre las cuerdas pegajosas de la red.
  • - Sí, pero es que los bordes ya están malos, también –dice, sin explicar qué eso de los bordes.
  • - Pos, ni modo – dice el cándido cliente.


Lo mismo ocurriría si fuera la válvula, un pinchazo (que a veces se convierten en dos o tres) o si simplemente le falta el aire.


Y como parte del oficio, también sabe echar casaca. Por ejemplo, si el carro es grandote, así tipo Surunban de narco, el pinche sabe echarle color, y le empieza hablar de cosas caras pero grotescas, y el otro se emociona hablando de pistolas, chuchos agresivos y otros objetos para autoestimas bajas. Pero si el carrito es chiquito y ya todo echo mierda, el pinche se echa en la bolsa al cliente y se refiere al cacharro como “El poderoso”.


  • - Fíjese que yo leí una vez que hay un carros, Chrysler creo yo, que si se pincha una llanta, se puede seguir conduciendo, sin necesidad de repararla – pregunta el cliente, todavía dolido porque le va a sacar más de 50 morlacos.
  • - Sí, es cierto –dice con una actitud casi paternal –pero ya ve, que por eso es que la Chrysler ya dio las Nylontex S.A… ¡JAAA! Si yo soy Ingeniero Neumático, pero porque mi padre me ensartó el negocio, pero yo bien hubiera sido corredor de bolsa –explica con incredulidad hacia sí mismo.


Los pinches son culeyes por naturaleza. La otra vez, sobre la 10a. calle, entre 2a. y 3a. avenida, me abrieron el baúl y me robaron la llanta de repuesto y la herramienta para cambiar la llanta. Además, me cambiaron una de las llantas buenas que tenía el carro, por una a punto de romperse… y todo ello, bajo la mirada vigilante del cuidacarros.


Cuando me di cuenta, tenía una llanta en mal estado y sin repuesto. Por suerte, a la vuelta había un pinchazo.


  • - Compa, me hace la volada de ir a cambiarme la llanta, sólo que está a la vuelta –pregunto yo, creyendo aún en la bondad.
  • - No se puede - responde sin dejar de tallar en una llanta.
  • - Pero si es acá a la vuelta - insisto.
  • - Sí, pero no se puede – reitera más necio él.
  • - Al menos prestame un tríquet, es que fijate que me rob…
  • - No se puede –interrumpió sabiamente, antes de que empezara la chillona.


Cuando por fin conseguí un tríquet y llevé la llanta, él me dice, aprovechando la ocasión:


  • - Tengo tríquets en oferta.


El negocio del pinchazo es muy rentable. Lo supe por mi amigo Ronaldo, alias Carne Asada (o Cholojo, como posteriormente se deformó el apodo), estudió conmigo en la universidad, y mientras su “dependiente” trabajaba en el Pinchazo, él se echaba los tragos con nosotros, en esas interminables discusiones sobre la homosexualidad en “El hombre que parecía un caballo”, o sobre quién había motivado más cambios en la década de los ochenta (mi hipótesis inicial fue para Cyndi Lauper).


Y él, entre copa y copa –que por cierto nunca patrocinaba- ofrecía sus productos.


  • - Fijate, vos, que ahí tengo unas llantas que son Firestone, pero las doy baratas porque no tienen la marca tatuada aún – me ofrecía a partir del tercer octavo.


Pero, a pesar de toda la tirria que podría tenerle a los pinches -sobre todo hoy que tuve que pasar con uno-, ésta es una de los oficios a los cuales me hubiera gustado ejercer: sin complicaciones, sin estrés y con la parsimonia de saber que el cliente tiene que esperar, le guste o no le guste.


lunes, 9 de noviembre de 2009

Cucharitas de plástico


A cuatro días del fin de mes, esperamos (en la oficina), con mucha ansia el nuevo envío de cucharitas de plástico. Cada vez que llega uno, se acaba pronto, ya que desde hace cuatro años tenemos déficit. Hemos tenido más trabajadores que presupuesto para cucharitas.

Al principio (yo no lo sé, pues aún no trabajaba aquí) solo una persona se quedó sin cucharita. Para el siguiente envío, ya eran 149 trabajadores esperando el envío de 100 cucharitas. Poco a poco el déficit se ha hecho más grande.

Es increíble, pero casi no podemos trabajar con esta circunstancia infrahumana. Por ejemplo, yo tendré que aguardar 257 años y 13 meses para obtener mi cucharita de plástico. Mientras tanto, tendré que tomar mi café sin endulzar, o almorzar sin cucharita, lo cual hace insoportables las condiciones en este lugar. Al menos me consuela que estoy a la mitad de la lista de espera. No quiero ni pensar el caso de González que hace apenas ocho segundos que empezó a trabajar acá, y se ubicó al final de la lista. Probablemente él se jubilará antes de tener su cucharita de plástico. Tendrá que soportar el trabajo comiendo pasteles de cumpleaños con las manos.

Ojalá, algún día, llegue a subir tanto en la escala de puestos para llegar a ser jefe de alguien, aunque sea de González. O quizá me conforme con ganarme simplemente la lotería. En esos casos, me compraría una cucharita de metal, como los jefes y los dueños de las oficinas, que son muy felices y pasan tomando sus tés de sabores o preparando sus líneas de cocaína con su brillante cucharita de metal.


Un narcosicario viene por mí


Con tanta violencia en este país, de cuyo nombre no deseo acordarme, algún día me tocará, algún mal bocinazo puesto en el tráfico, o no sonreírle a una bella señorita, será mi desgracia; o será más bien algún párrafo escrito, publicado en no sé qué dirección perdida de Internet, que nadie visita, sólo quien pagó al narcosicario. O, peor aún, algún texto que no escribí a favor de alguien habrá provocado mi sentencia de muerte.


En este país de australopitecus, lo único que queda es seguir la corriente. Levantar el sombrero para saludar sonriendo… el único problema es que yo no uso sombrero, y desde el inicio del proceso lo hice mal, muy mal, a pesar de que sonreí.


O quizá no estuve dispuesto a pagar un chantaje que hacían sobre mí, no haber votado por la nueva constitución, no estar de acuerdo con los impuestos, no repetir absurdamente las palabras de mi líder, quizá quise escudriñar en el pasado, o quizá estuve en el lugar incorrecto a la hora equivocada.


Ayer caminaba tranquilamente por la acera, y sin querer me topé con alguien, quizá ésa fue mi sentencia de muerte… o no le caigo bien a mi vecino… o no fui al concierto de moda… o no hablo bien tu idioma… o mi piel es de otro color… o mi minoría no es de tu mayoría… o tuve la suerte de nacer en tu tierra… o soy migrante… o soy homosexual… o soy heterosexual… o soy lesbiana… o soy activista… o soy ambientalista… o soy reaccionario… o soy lo que sea: seguramente eso provocó mi sentencia de muerte.


A veces, sólo con verte a los ojos, te ha provocado tal turbulencia en tu sucia alma, que no soportó mi limpia mirada, mi buen karma, mi armonía con el universo, que sólo ésa razón fue suficiente para que me mandaras a matar… incluso pediste que fuera un accidente; quizá una bala perdida, tal vez un tren descarrillado, o, incluso, mandaste un terremoto antes de los Juegos Olímpicos, para que pareciera una desgracia natural, y que mi muerte, junto a centenas más, diera paso a la intervención extranjera en políticas domésticas que, a mí, poco me importan, pero a ti sí; quizá quieres una justificación para desviar la atención política, quizá en el Congreso de Representantes estén consensuando una ley que no te interesa que aprueben, porque arruinaría tu negocio de exportación de personas, o de importación de muerte… qué sé yo, sólo sé que

UN NARCOSICARIO VIENE POR MÍ.


O quizá yo fui una persona maleva, que viví al borde de la ley, y que tarde o temprano debí haber esperado que un narcosicario viniera por mí… qué más da, a veces me di cuenta de que ya esperaban por mí, para que implantara mi silencio de maldad, silencio que protege a dictadores y a violadores de mujeres, que han obligado a abortar sus hijos que recién se forman. O quizá me presté para tu juego sucio.


UN NARCOSICARIO YA ESTÁ VINIENDO POR MÍ.


Alguien le ha dado mi fotografía, y hasta habrá pensado “Es presa fácil, tiene cara de maricón”, y tiró el cigarrillo que tenía entre los dientes, y lo machucó con odio, y el hígado le habrá dolido. Entonces, me buscará, alguien le dirá dónde estoy, a qué hora voy por el pan, a qué hora salgo de casa, a qué hora soy más vulnerable. Y “sin mediar palabra”, dirían los periódicos, me atacarás sin siquiera decirte por qué necesito seguir con vida, quién me espera en casa… qué le dirás, por ejemplo, a mi mujer, cuando vea mi ropa sin usar en el armario… no dirás: “Disculpe, es que me pagaron muy bien por su vida”; no, incluso la dejarás con la duda, de pensar que yo fui malo, muy malo, y hasta dirán: “se lo merecía; saber en qué cosas andaba… el que mal empieza, mal acaba”, o, como diría el Colocho “el que a plomo vive, a plomo muerte”.


O, quizá, tenga suerte, y no dirán “¡Qué bueno!”. Tal vez estaba en una buena posición social, tal vez periodista, tal vez activista, tal vez político… entonces sí, se levantarán las voces, y a pesar de que pude haber sido malo (y quizá sí lo fui), no seré una estadística más, sino que seré un mártir de la violencia, y mi muerte dará comidilla a los periódicos por una semana, para decir que fui el “defensor” de tal o cual cosa, el mártir del Facebook o Twitter, y condenas internacionales vendrán al país, y pagarán onerosos espacios en los medios de comunicación para repudiar el crimen, y dirán “¡Qué bárbaros!”, si era tan bueno, y quien sepa de las colas que muchas veces me machucaron, no alzarán la voz para decir “Fue malo”, sino que hablarán de mí por debajo de la mesa, mientras que en mi funeral, en la sala principal hablen maravillas, afuera, en el patio de fumadores, estarán diciendo cosas de mí, malas, por supuesto.


Pero para entonces, yo ya no tendré dolor, y quizá sólo se me permita ver desde lejos (arriba o abajo) mi último adiós, a mi mujer vestida de negro, y con el delineador corriendo derretido por sus pómulos, porque -a pesar de que se juró que no iba a llorar- lo hizo, cuando alguien le preguntó “¿Y qué pasó? Es que estaba afuera del país y no me enteré”. Desde arriba veré, y me daré cuenta de que todo esto no vale la pena, y que sólo fue tránsito… que la vida sigue, y que la muerte, ¡já! es un invento creado por las funerarias y por los hospitales que no saben cómo explicar la negligencia médica. Pero que más allá de este mundo impune e injusto, hay más, y entonces me daré cuenta que todo esto no vale la pena, y que los columnistas no tenían razón… y que la televisión sólo puede transmitir imágenes planas… y que vos y yo fuimos condenados a cadena perpetua, mientras dure la vida, a este mundo, pero que al finalizar, podríamos ser libres: ajá, si quisieras, claro, porque si querés seguir atado, está bien, quédate, sigue esta vida, en este mundo que, al contrario de lo que pensaba Colón, sí está montado sobre un par de tortugas gigantes: sí, quedate, quedate, yo sigo, voy para arriba, y no paro… el cosmos me espera, es tan infinito y mi alma tan grande, que ya no cabía en este mundo… entonces sí, no pararé y todo aquello que quería hacer, lo haré… y todos los libros que quería leer, los leeré… y todos los vinos que quise catar, los cataré… y aquel café que quería tomarme contigo, me lo tomaré, aunque sea solo, y ya no tendré límites, nunca más.













UN NARCOSICARIO YA ESTÁ FRENTE A MÍ




















¡PUM!







No me digas nada, ya lo sabía


Hoy llueve dentro de mí,
y nadie quiere mojarse.

Hoy presiento que va a llover dentro de mí
Ya huelo la humedad que antecede a la lluvia
Esa humedad que es como el vibrato silencioso que antecede a un terremoto
Donde no se salva ni dios, ni ¡puta, madre! Ni el diablo.

Ya se ven las nubes grises correrse al centro de mi alma
Vinieron empujadas por Céfiro, por un sistema de alta presión que se generó en mi cabeza.
¡Quién me manda en pensar en esas cosas!
Ya sabés vos, ¿verdad?
¿Por qué soy así? ¿Por qué actúo así? A veces me pregunto si yo hubiera nacido siendo otra persona, ¿habría sido -o seguiría siendo- como soy?

Ya se han sentido las primeras gotas. La primera siempre cae pesada, como un zarpazo de Apolo sobre la cabeza, cuando tienes migraña. Las primeras gotas te desconciertan… en realidad, no pensabas mojarte; te vestiste temprano y nunca pensaste en mojarte. ¡Tu peinado! ¡Qué dirán en las oficinas al verte empapado! No… ni dios lo quiera, yo no salí para mojarme. Por eso, las primeras gotas siempre son pesadas. Luego aflojas el cuerpo, y cuando tiritas, te das cuenta que el mundo es vanidad, vanidad de vanidades, que aquello que tanto anhelas, que tanta envidia genera en tu corazón, no es nada. Simplemente quieres llegar a casa a encobijarte.

Es natural que llueva… todos estos árboles, las flores, los animales, atraen la lluvia. La anhelan. Las calles con su asfalto derritiéndose lentamente también la anhelan. No hay nada más bello, ¡oh mi dios! Que la ciudad reflejada sobre los charcos.

Es natural que el mundo atraiga la lluvia. Tanta belleza atrae la belleza.

Pero el cielo deja su tono morado y, por fin, deja caer su ira pesada. Y ese olor a tierra húmeda nos hace recordar que la tierra no es nuestra.

Entonces, nadie quiere salir a jugar.
Ni a encontrarse en los cafés para besarse
Ni encontrarse a un desconocido en la calle y platicar sobre el clima
Ni tirar maíz a las palomas de los parques

Los mensajeros en motocicleta corren para no mojarse.
Aunque necesiten salir, no salen. Y quienes no tienen alternativa, salen pero maldiciendo mil veces a la lluvia.
¿Qué te hice yo, maldición?
Y esta lluvia no cae en gracia, siquiera, de quienes no tienen agua potable en su casa.

Hoy llueve dentro de mí
Y nadie quiere mojarse.


Sueño número 3


Con motivo de la cancelación del programa televisivo -reality show, más bien- en el Reino Unido, Big Brother, (probablemente, por ello) soñé anoche que éste, es decir, el Big Brother, se hartó de todo y quiso poner fin a su presencia, y puso una nueva regla: 168 horas para asesinar a cuantos quisiéramos. Eso sí, de por medio, había que haber una “buena” justificación.


El objetivo era que ya el mal se había arraigado tanto en el mundo, y por ello, como fue en su tiempo el Diluvio Universal o el Ángel Exterminador, habría una nueva época en que habría una nueva limpieza, pero esta vez a cargo de nosotros, es decir, de los humanos.


Ni lentos ni perezosos, todo mundo salió a las calles y empezó a matar a cuantos caígan como cucharada de aceite de hígado de bacalao antes de desayuno. Uno tras otro, de los que tenían la sangre más pesada, iban cayendo.


Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de la oportunidad de oro que teníamos, y que por una vez en la Historia Universal de la Humanidad, la opción estaba en nuestras manos para cambiar de una vez por todas este mundo. Así que, de a poco, los asesinatos justificados simplemente por cómo nos caía la gente, empezaron a ser menos. Al principio -que fue como al segundo o tercer día de la nueva regla del Big Brother-, decayeron los asesinatos, ya que no sabíamos a quién o a quiénes. Pero de a poco empezamos a razonar y a hacer justicia por nuestras pistolas.


Además, matar sólo por matar tenía su contraparte, porque -según las reglas del Big Brother- esto se hacía como un acto de justicia, y si se mataba sin justificación, entonces alguien podría matar al victimario también como acto de justicia, y con justificación.


Entonces, cada quien hacía justicia y se cuidaba sus espaldas. Al fin de las 168 horas, el mundo era, francamente, mejor. Sin embargo, había una sorpresa más.


Al finalizar el plazo impuesto por el Big Brother, empezaron a surgir de las reposaderas, donde se habían escondido, los políticos cobardes y mañosos, que habían huido, sabiéndose que perecerían con las nuevas reglas. Y, al concluir el plazo, salieron como si nada, queriendo retomar sus puestos de trabajo, lo cual significaba que se mantuviera el status quo.


Con todo el pueblo -lo recuerdo bien en el sueño- nos quedamos desconcertados, sin saber qué hacer. Pero, lo que no nos habíamos dado cuenta, es que el Big Brother, en realidad nos había enseñado una forma de organizarnos y de no dejarnos. Y, a pesar de que el plazo había vencido, decidimos autogobernarnos y matar a cuanto reptil rastrero había quedado. Y los resultados, para los mañosos, fue peor.


En las 168 horas, nos habíamos especializado en las formas más violentas de hacer justicia, y ahora podríamos refinar nuestro arte con esas ratas de dos patas. Tatuarles los testículos era una caricia comparado con lo que les hicimos.


Entonces, sí, el mundo fue mejor. Sin quién quisiera dirigir nuestras vidas.


Sólo de vez en cuando salía -en el sueño, por supuesto- Emiliano Zapata y decía: “Creo que ya es hora de empezar a sembrar”, y tomaba su azadón y empezaba a echar punta. Nosotros lo seguíamos, como una de las pocas autoridades que reconocíamos.



Sueño número 2


Soñé que estaba hospedado en hotel de Europa, cuando vi en la televisión que informaban sobre el fraude de una persona en un cajero automático, robándose 122 millones de dólares. El reportaje televisivo era muy bueno, y explicó, paso por paso, cómo lo consiguió. Entonces, yo intenté hacer lo mismo en el cajero automático del mismísimo hotel en que me encontraba. Así que lo hice, y, de repente, salió el mensaje de espera:


ESPERE UNOS MINUTOS

ESTAMOS PROCESANDO SU SOLICITUD


Entonces, por la pura fuerza, salieron dos monedas de un dólar cada una, y luego un billete de a veinte dólares, y después uno de a cien. Y, así, en un loop impresionante. Me imaginé –en mi sueño, por su puesto- que esa operación la haría un millón de veces, hasta completar los 122 millones de dólares.


Empecé a suponer que el cajero automático se estaba sobrecalentando, cuando empecé a ver que los billetes salían quemados, es decir, como que si fueran galletas que están mucho tiempo en el horno.


Ya estaba tardando demasiado, y yo, que estaba en el lobby del hotel, temía parecer demasiado sospechoso. Entonces, entró mi papá, a quien lo imaginé –en el sueño, por supuesto- como Andrés García, pero ya viejito. Seguramente, mi subconsciente recordó los últimos capítulos que vi de la novela El privilegio de amar, en repetición, doce años después, en el canal Telenovelas.


Yo estaba muy apenado, porque pensaba que mi papá se iba a dar cuenta de lo que hacía. Entonces, como por suerte del destino –cosas que sólo ocurren en sueños- el cajero terminó la operación, pero no sabía si era porque ya me había dado mis 122 millones de dólares, o porque se había quedado sin dinero.


Entonces, entró mi hermanita menor, la que nunca tuve, que se parecía –en el sueño, por supuesto- a la niña que aparecía en la serie Mi profesor favorito; y dijo: “Es ridículo que no puedan capturar a alguien con 122 millones de dólares en efectivo, porque eso forma un montón de billetes, imposible de cargar”.


Me empezó a entrar pánico, porque ahora no sabía cómo esconder todo el dinero que había sacado del cajero electrónico. Sobre todo, porque sabía -en el sueño- lo difícil que es llevar ahora mucho dinero en efectivo en los aeropuertos.


Era tal mi angustia, que me vi forzado a despertarme.


Tras algunos minutos de haberme despertado, reflexioné sobre lo que hubiera hecho. Hubiera gastado todo lo que hubiera podido, e incluso hubiera comprado varias maletas para llevarme toda la mercancía y hubiera pagado sobrepeso, sin importar cuánto era. Ya en el aeropuerto, hubiera tirado en el baño el dinero que me sobrara, sin importar cuántos millones fueran.


Tras varias horas de haber reflexionado esta solución, me di cuenta de que era inviable, empecé a cuestionarme de dónde había sacado tanta mulada y me juré a mí mismo, como si fuese un propósito de Año Nuevo, dejar de jugar tanto Mafia Wars.


Sueño número 1


Soñé que estaba a punto de abrir el portón de mi casa, cuando una sombra en la calle me previno de algo sospechoso. Con cautela abrí (porque supongo que, en el sueño, tenía prisa de irme de la casa), y observé que no había nadie afuera. Sin embargo, noté que sí había alguien adentro de mi carro, que estaba estacionado afuera. Recordé -dentro del sueño, por supuesto- que recientemente me habían abierto el carro para robarme todo lo que se pudiera, sobre todo la llanta de repuesto y la herramienta para cambiarla.

Sentí temor de que los presuntos delincuentes me vieran y creyeran que los iba a delatar. Sin embargo, pudo observar que no eran los presuntos delincuentes, sino que una pareja que, en busca de un poco de privacidad, habían abierto mi carro para besarse (o algo más) lejos de la mirada de la gente. Eso, a pesar de que, dentro del sueño, ya era muy noche, y las calles estaban desiertas.

Entonces, del pánico pasé a una actitud más valerosa. Toqué el cristal del carro, y pronto salió el hombre. Y, a pesar de que ya había descartado la idea, su imagen me evocó a esos delincuentes que infunden miedo con sólo verlos, y supuse que él me estaba advirtiendo que lo dejara en paz, porque si no ya no lo iba a contar (o escribir, en este caso).

Pero yo no me amilané. Hice el ademán como de sacar una pistola; entonces él retrocedió y se mostró dócil. Se fue para atrás, como queriendo tener más espacio de acción en caso disparase yo con mi presunta pistola, hasta que topó él en la casa de enfrente, y ya no tuvo remedio. Se volteó y dejó expuesta su mochila que llevaba en las espaldas.

Para tal situación, la supuesta mujer que estaría dentro de mi vehículo ya se había esfumado, así como se esfuman las mujeres dentro de los sueños.

El hombre estaba acurrucado de espaldas, vencido, y exponiendo su mochila. Yo la abrí para ver qué armas traía él, y encontré puras llaves inglesas, y supuse que ciertamente él era ladrón de piezas de vehículos, y que seguramente éste era el hijueputa que me había robado mi llanta y herramienta para cambiarla.

Entre las llaves inglesas, reconocí un cuchillo romo, parte de los cubiertos de mi casa. Lo reconocí y supe de inmediato que ese cuchillo era muy pesado, así que lo saqué, y le empecé a pegar en la coronilla con la parte con que se toma el cuchillo, es decir, no con el filo.

Él tenía de esas gorritas, casi pasamontañas, que usan en nuestros clichés los ladrones, y entonces se la quité para que la sangre brotara de su mollera. Recordé la mollera suave de mi hija. Al quitarle el gorrito, pude ver que su piel era oscura, como café, y que era pelón, completamente.

Un señor iba pasando por la calle. Fui tan sinvergüenza que ni siquiera disimulé y parar mi acción violenta. “Buenas tardes; yo vivo ahí enfrente”, le dije. Y, entonces, él sabiendo que yo era vecino, continuó su camino. Si yo pudiera oír en sueños, hubiera jurado que se fue silbando.

No sé en qué terminó el ladrón. Supongo que lo maté.

viernes, 6 de noviembre de 2009

¿Qué le hiciste a tu Ángel de la Guarda?



¿Me podrías decir qué le hiciste a tu Ángel de la Guarda? Ayer lo vi por la calle, triste pero tranquilo, y me comentó que se sentía mal, pero ¡qué podía hacer él!, que ya sabía yo que cómo eras vos, y que después de tantos peligros, decidió mandarlo todo a la MIERDA y dejarte sólo para que te PUDRIERAS.

Mientras vos, tirada a la perdición… buscándote, quejándote, reclamando por todo, haciendo cuentas, haciendo memorias que por qué, que desde cuándo te va tan mal.

¿Que qué hiciste en otras vidas?, decís.

¿Que qué mal karma te traés?, decís.

Y pensás de todo, sin hallar la solución, pero yo, simplemente, quiero una respuesta y te pregunto -y quiero que me respondás, ehh…- ¿qué hiciste con tu Ángel de la Guarda?

Es cierto, él está más tranquilo, pero vos no, ¿por qué lo echaste? ¿qué le dijiste que lo ofendiste tanto? ¿o qué no le dijiste? ¿desde cuándo o por qué te crees que podés vivir sin él?

Maldita sea tu inocencia, porque te avergonzabas de tu Ángel de la Guarda, y ahora él se fue a la MIERDA, y ahora que te despiden, que te quedaste sin carro, que un sicario anda tras tus huesos, te preguntas por qué te pasan cosas tan malas en esta PUTA vida, y maldecís a boca abierta, pero no te atrevés a responderme qué hiciste con tu Ángel de la Guarda.

Yo lo he seguido, y sí, CLARO, él está más contento. Se despierta relativamente temprano, hace sus ejercicios, desayuna bien, sale a la calle, y, como está desempleado, se mantiene caminando tranquilo, y si ve alguna necesidad trata de remediarlo. Pero cuando eso sucede, se pone más triste y piensa en vos, sabiendo que lo necesitás más que al niño que acaba de rescatar, pero, ¿qué querés que te diga…?, así son los Ángeles de la Guarda, SE HARTAN, pero el tuyo fue el colmo, no se hartó, HUYÓ de vos, no estaba dispuesto a seguir cuidando a una persona tan irresponsable.

Se pone muy triste, y camina por las calles, y, ni modo, él está triste, pero no te lo cuento por chisme, como esos ex novios que tratan de enviarse mensajes de lo mal que están para volver, y volver volver vooolveer…, pero no.

Pero si él está triste, puta, me imagino cómo estás vos, echo mierda, y no aprendés y no me querés decir, para ver qué hago, en qué te ayudo.

A ver, dime, de una vez por todas, ¿QUÉ PUTAS LE HICISTE A TU ÁNGEL DE LA GUARDA?




miércoles, 29 de julio de 2009

Por una verdadera literatura infantil



La Feria Internacional del Libro en Guatemala (Filgua) dio inicio la semana pasada. Gran esfuerzo supone haber decidido realizarla cada año, porque básicamente ése es el evento vitrina donde más proyección alcanzan las letras y los libros en nuestro país.


Pese a la crisis financiera, que hizo paralizar buena parte de los proyectos editoriales, la Filgua abrió sus puertas; de parte de algunas editoriales, el esfuerzo es bastante loable y aprovechan muy bien el evento para difundir sus libros. No sólo se trata de abrir las puertas a un público lector, sino también a un público académico e investigador, que al acercarse puede dar cuenta de la producción centroamericana, y en especial guatemalteca.


Entre lo más recomendable está el stand de las editoriales costarricenses, que han traído muy buenos libros; Costa Rica, por cierto, es el invitado especial, y no ha decepcionado con ocupar ese lugar honorífico.



Sin embargo, hay algo en la Filgua -y no sólo la de este año- que no marcha bien.


Como objetivo de Filgua, se quiere hacer de Guatemala “Un país de lectores”, lo cual está bien, y como estategia se ha elegido enfocarse en la niñez para inculcarles desde pequeños el hábito de la lectura.


El mercado de la literatura infantil ha mejorado exponencialmente. Los esfuerzos editoriales no sólo se basan en ofrecer mejores historias y libros más atractivos, sino que también han motivado un cambio en la pedagogía de la lectura, para lo cual ofrecen talleres a maestros.


El problema es que de un tiempo para acá, la literatura infantil ha dejado de ser La isla del Tesoro de Stevenson, y ahora es eminentemente Harry Potter; y si es así, algo debe estar mal.


La nueva pedagogía de la lectura infantil se encamina a mejorar la historia, ofrecer ediciones más gráficas, con diagramaciones adecuadas para neolectores y evitar léxico complicado y contemporáneo, a fin de que el niño no se pierda en la comprensión de los significados.


De esa cuenta, se ha desestimado utilizar libros clásicos de la literatura infantil, como Kipling, Saint-Exupéry, Salgari, Mío Cid y El Lazarillo de Tormes, aduciendo que éstos presentan un lenguaje anacrónico, y que el contexto ya no es comprensible. Lastimosamente, con esta visión, se desestima la labor del maestro, como guía de la lectura, y se pretende -desde un modelo neoliberal de la educación- restar la dependencia del catedrático, y volver cada vez más la educación a distancia, para lo cual se necesitan historias que no necesiten guías, como en Crepúsculo o en Hannah Montana.


Incluso, el Ministerio de Educación, desde hace años, ha obviado la lista de lecturas obligatorias (o cuando menos recomendables), a fin de no entorpecer las intenciones de las grandes editoriales para imponer sus paquetes de libros en colegios, con historias sencillas, que supuestamente impulsan el deseo de leer.


Hay varios peligros en ello, y uno es que -si bien se adquiere el hábito de lectura-, el aprendizaje es soso, y en lugar de que la lectura sea una experiencia enriquecedora, sólo se están preparando consumidores de libros como Código da Vinci o la revista Selecciones.


Por muchos años, incluso siglos, se han utilizado los libros clásicos para inducir a la lectura, y muchos recordaremos historias asombrosas y que aún ahora deslumbrarían a nuestros hijos, como el Cid Campeador que dominaba a un león sólo con la mirada, o Sigfrido -del Cantar de los Nibelungos- que tenía una capa de invisibilidad o un dragón cuya sangre lo hacía imbatible. Pero las grandes editoriales transnacionales han decidido obviar estas historias -haciéndonos creer que son aburridas y difíciles de comprender- para vendernos Harry Potter, quien, curiosamente, domina serpientes con su mirada, vive entre dragones y, alguna vez, recibió una capa de invisibilidad.