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viernes, 31 de mayo de 2013

Irremediablemente

El ambiente apesta, irremediablemente, a cheque,
y los cobradores lo saben.

El trabajador recibe con angustia el pago;
ya no es ni siquiera puede estar contento por unos minutos
sabiéndose que su billetera rompió la dieta
que hizo por casi un mes.

Al terminar su labor, el trabajador se irá,
irremediablemente,
rumbo al banco para sacar su salario.

lunes, 9 de noviembre de 2009

Cucharitas de plástico


A cuatro días del fin de mes, esperamos (en la oficina), con mucha ansia el nuevo envío de cucharitas de plástico. Cada vez que llega uno, se acaba pronto, ya que desde hace cuatro años tenemos déficit. Hemos tenido más trabajadores que presupuesto para cucharitas.

Al principio (yo no lo sé, pues aún no trabajaba aquí) solo una persona se quedó sin cucharita. Para el siguiente envío, ya eran 149 trabajadores esperando el envío de 100 cucharitas. Poco a poco el déficit se ha hecho más grande.

Es increíble, pero casi no podemos trabajar con esta circunstancia infrahumana. Por ejemplo, yo tendré que aguardar 257 años y 13 meses para obtener mi cucharita de plástico. Mientras tanto, tendré que tomar mi café sin endulzar, o almorzar sin cucharita, lo cual hace insoportables las condiciones en este lugar. Al menos me consuela que estoy a la mitad de la lista de espera. No quiero ni pensar el caso de González que hace apenas ocho segundos que empezó a trabajar acá, y se ubicó al final de la lista. Probablemente él se jubilará antes de tener su cucharita de plástico. Tendrá que soportar el trabajo comiendo pasteles de cumpleaños con las manos.

Ojalá, algún día, llegue a subir tanto en la escala de puestos para llegar a ser jefe de alguien, aunque sea de González. O quizá me conforme con ganarme simplemente la lotería. En esos casos, me compraría una cucharita de metal, como los jefes y los dueños de las oficinas, que son muy felices y pasan tomando sus tés de sabores o preparando sus líneas de cocaína con su brillante cucharita de metal.


Un narcosicario viene por mí


Con tanta violencia en este país, de cuyo nombre no deseo acordarme, algún día me tocará, algún mal bocinazo puesto en el tráfico, o no sonreírle a una bella señorita, será mi desgracia; o será más bien algún párrafo escrito, publicado en no sé qué dirección perdida de Internet, que nadie visita, sólo quien pagó al narcosicario. O, peor aún, algún texto que no escribí a favor de alguien habrá provocado mi sentencia de muerte.


En este país de australopitecus, lo único que queda es seguir la corriente. Levantar el sombrero para saludar sonriendo… el único problema es que yo no uso sombrero, y desde el inicio del proceso lo hice mal, muy mal, a pesar de que sonreí.


O quizá no estuve dispuesto a pagar un chantaje que hacían sobre mí, no haber votado por la nueva constitución, no estar de acuerdo con los impuestos, no repetir absurdamente las palabras de mi líder, quizá quise escudriñar en el pasado, o quizá estuve en el lugar incorrecto a la hora equivocada.


Ayer caminaba tranquilamente por la acera, y sin querer me topé con alguien, quizá ésa fue mi sentencia de muerte… o no le caigo bien a mi vecino… o no fui al concierto de moda… o no hablo bien tu idioma… o mi piel es de otro color… o mi minoría no es de tu mayoría… o tuve la suerte de nacer en tu tierra… o soy migrante… o soy homosexual… o soy heterosexual… o soy lesbiana… o soy activista… o soy ambientalista… o soy reaccionario… o soy lo que sea: seguramente eso provocó mi sentencia de muerte.


A veces, sólo con verte a los ojos, te ha provocado tal turbulencia en tu sucia alma, que no soportó mi limpia mirada, mi buen karma, mi armonía con el universo, que sólo ésa razón fue suficiente para que me mandaras a matar… incluso pediste que fuera un accidente; quizá una bala perdida, tal vez un tren descarrillado, o, incluso, mandaste un terremoto antes de los Juegos Olímpicos, para que pareciera una desgracia natural, y que mi muerte, junto a centenas más, diera paso a la intervención extranjera en políticas domésticas que, a mí, poco me importan, pero a ti sí; quizá quieres una justificación para desviar la atención política, quizá en el Congreso de Representantes estén consensuando una ley que no te interesa que aprueben, porque arruinaría tu negocio de exportación de personas, o de importación de muerte… qué sé yo, sólo sé que

UN NARCOSICARIO VIENE POR MÍ.


O quizá yo fui una persona maleva, que viví al borde de la ley, y que tarde o temprano debí haber esperado que un narcosicario viniera por mí… qué más da, a veces me di cuenta de que ya esperaban por mí, para que implantara mi silencio de maldad, silencio que protege a dictadores y a violadores de mujeres, que han obligado a abortar sus hijos que recién se forman. O quizá me presté para tu juego sucio.


UN NARCOSICARIO YA ESTÁ VINIENDO POR MÍ.


Alguien le ha dado mi fotografía, y hasta habrá pensado “Es presa fácil, tiene cara de maricón”, y tiró el cigarrillo que tenía entre los dientes, y lo machucó con odio, y el hígado le habrá dolido. Entonces, me buscará, alguien le dirá dónde estoy, a qué hora voy por el pan, a qué hora salgo de casa, a qué hora soy más vulnerable. Y “sin mediar palabra”, dirían los periódicos, me atacarás sin siquiera decirte por qué necesito seguir con vida, quién me espera en casa… qué le dirás, por ejemplo, a mi mujer, cuando vea mi ropa sin usar en el armario… no dirás: “Disculpe, es que me pagaron muy bien por su vida”; no, incluso la dejarás con la duda, de pensar que yo fui malo, muy malo, y hasta dirán: “se lo merecía; saber en qué cosas andaba… el que mal empieza, mal acaba”, o, como diría el Colocho “el que a plomo vive, a plomo muerte”.


O, quizá, tenga suerte, y no dirán “¡Qué bueno!”. Tal vez estaba en una buena posición social, tal vez periodista, tal vez activista, tal vez político… entonces sí, se levantarán las voces, y a pesar de que pude haber sido malo (y quizá sí lo fui), no seré una estadística más, sino que seré un mártir de la violencia, y mi muerte dará comidilla a los periódicos por una semana, para decir que fui el “defensor” de tal o cual cosa, el mártir del Facebook o Twitter, y condenas internacionales vendrán al país, y pagarán onerosos espacios en los medios de comunicación para repudiar el crimen, y dirán “¡Qué bárbaros!”, si era tan bueno, y quien sepa de las colas que muchas veces me machucaron, no alzarán la voz para decir “Fue malo”, sino que hablarán de mí por debajo de la mesa, mientras que en mi funeral, en la sala principal hablen maravillas, afuera, en el patio de fumadores, estarán diciendo cosas de mí, malas, por supuesto.


Pero para entonces, yo ya no tendré dolor, y quizá sólo se me permita ver desde lejos (arriba o abajo) mi último adiós, a mi mujer vestida de negro, y con el delineador corriendo derretido por sus pómulos, porque -a pesar de que se juró que no iba a llorar- lo hizo, cuando alguien le preguntó “¿Y qué pasó? Es que estaba afuera del país y no me enteré”. Desde arriba veré, y me daré cuenta de que todo esto no vale la pena, y que sólo fue tránsito… que la vida sigue, y que la muerte, ¡já! es un invento creado por las funerarias y por los hospitales que no saben cómo explicar la negligencia médica. Pero que más allá de este mundo impune e injusto, hay más, y entonces me daré cuenta que todo esto no vale la pena, y que los columnistas no tenían razón… y que la televisión sólo puede transmitir imágenes planas… y que vos y yo fuimos condenados a cadena perpetua, mientras dure la vida, a este mundo, pero que al finalizar, podríamos ser libres: ajá, si quisieras, claro, porque si querés seguir atado, está bien, quédate, sigue esta vida, en este mundo que, al contrario de lo que pensaba Colón, sí está montado sobre un par de tortugas gigantes: sí, quedate, quedate, yo sigo, voy para arriba, y no paro… el cosmos me espera, es tan infinito y mi alma tan grande, que ya no cabía en este mundo… entonces sí, no pararé y todo aquello que quería hacer, lo haré… y todos los libros que quería leer, los leeré… y todos los vinos que quise catar, los cataré… y aquel café que quería tomarme contigo, me lo tomaré, aunque sea solo, y ya no tendré límites, nunca más.













UN NARCOSICARIO YA ESTÁ FRENTE A MÍ




















¡PUM!







No me digas nada, ya lo sabía


Hoy llueve dentro de mí,
y nadie quiere mojarse.

Hoy presiento que va a llover dentro de mí
Ya huelo la humedad que antecede a la lluvia
Esa humedad que es como el vibrato silencioso que antecede a un terremoto
Donde no se salva ni dios, ni ¡puta, madre! Ni el diablo.

Ya se ven las nubes grises correrse al centro de mi alma
Vinieron empujadas por Céfiro, por un sistema de alta presión que se generó en mi cabeza.
¡Quién me manda en pensar en esas cosas!
Ya sabés vos, ¿verdad?
¿Por qué soy así? ¿Por qué actúo así? A veces me pregunto si yo hubiera nacido siendo otra persona, ¿habría sido -o seguiría siendo- como soy?

Ya se han sentido las primeras gotas. La primera siempre cae pesada, como un zarpazo de Apolo sobre la cabeza, cuando tienes migraña. Las primeras gotas te desconciertan… en realidad, no pensabas mojarte; te vestiste temprano y nunca pensaste en mojarte. ¡Tu peinado! ¡Qué dirán en las oficinas al verte empapado! No… ni dios lo quiera, yo no salí para mojarme. Por eso, las primeras gotas siempre son pesadas. Luego aflojas el cuerpo, y cuando tiritas, te das cuenta que el mundo es vanidad, vanidad de vanidades, que aquello que tanto anhelas, que tanta envidia genera en tu corazón, no es nada. Simplemente quieres llegar a casa a encobijarte.

Es natural que llueva… todos estos árboles, las flores, los animales, atraen la lluvia. La anhelan. Las calles con su asfalto derritiéndose lentamente también la anhelan. No hay nada más bello, ¡oh mi dios! Que la ciudad reflejada sobre los charcos.

Es natural que el mundo atraiga la lluvia. Tanta belleza atrae la belleza.

Pero el cielo deja su tono morado y, por fin, deja caer su ira pesada. Y ese olor a tierra húmeda nos hace recordar que la tierra no es nuestra.

Entonces, nadie quiere salir a jugar.
Ni a encontrarse en los cafés para besarse
Ni encontrarse a un desconocido en la calle y platicar sobre el clima
Ni tirar maíz a las palomas de los parques

Los mensajeros en motocicleta corren para no mojarse.
Aunque necesiten salir, no salen. Y quienes no tienen alternativa, salen pero maldiciendo mil veces a la lluvia.
¿Qué te hice yo, maldición?
Y esta lluvia no cae en gracia, siquiera, de quienes no tienen agua potable en su casa.

Hoy llueve dentro de mí
Y nadie quiere mojarse.


Sueño número 3


Con motivo de la cancelación del programa televisivo -reality show, más bien- en el Reino Unido, Big Brother, (probablemente, por ello) soñé anoche que éste, es decir, el Big Brother, se hartó de todo y quiso poner fin a su presencia, y puso una nueva regla: 168 horas para asesinar a cuantos quisiéramos. Eso sí, de por medio, había que haber una “buena” justificación.


El objetivo era que ya el mal se había arraigado tanto en el mundo, y por ello, como fue en su tiempo el Diluvio Universal o el Ángel Exterminador, habría una nueva época en que habría una nueva limpieza, pero esta vez a cargo de nosotros, es decir, de los humanos.


Ni lentos ni perezosos, todo mundo salió a las calles y empezó a matar a cuantos caígan como cucharada de aceite de hígado de bacalao antes de desayuno. Uno tras otro, de los que tenían la sangre más pesada, iban cayendo.


Sin embargo, pronto nos dimos cuenta de la oportunidad de oro que teníamos, y que por una vez en la Historia Universal de la Humanidad, la opción estaba en nuestras manos para cambiar de una vez por todas este mundo. Así que, de a poco, los asesinatos justificados simplemente por cómo nos caía la gente, empezaron a ser menos. Al principio -que fue como al segundo o tercer día de la nueva regla del Big Brother-, decayeron los asesinatos, ya que no sabíamos a quién o a quiénes. Pero de a poco empezamos a razonar y a hacer justicia por nuestras pistolas.


Además, matar sólo por matar tenía su contraparte, porque -según las reglas del Big Brother- esto se hacía como un acto de justicia, y si se mataba sin justificación, entonces alguien podría matar al victimario también como acto de justicia, y con justificación.


Entonces, cada quien hacía justicia y se cuidaba sus espaldas. Al fin de las 168 horas, el mundo era, francamente, mejor. Sin embargo, había una sorpresa más.


Al finalizar el plazo impuesto por el Big Brother, empezaron a surgir de las reposaderas, donde se habían escondido, los políticos cobardes y mañosos, que habían huido, sabiéndose que perecerían con las nuevas reglas. Y, al concluir el plazo, salieron como si nada, queriendo retomar sus puestos de trabajo, lo cual significaba que se mantuviera el status quo.


Con todo el pueblo -lo recuerdo bien en el sueño- nos quedamos desconcertados, sin saber qué hacer. Pero, lo que no nos habíamos dado cuenta, es que el Big Brother, en realidad nos había enseñado una forma de organizarnos y de no dejarnos. Y, a pesar de que el plazo había vencido, decidimos autogobernarnos y matar a cuanto reptil rastrero había quedado. Y los resultados, para los mañosos, fue peor.


En las 168 horas, nos habíamos especializado en las formas más violentas de hacer justicia, y ahora podríamos refinar nuestro arte con esas ratas de dos patas. Tatuarles los testículos era una caricia comparado con lo que les hicimos.


Entonces, sí, el mundo fue mejor. Sin quién quisiera dirigir nuestras vidas.


Sólo de vez en cuando salía -en el sueño, por supuesto- Emiliano Zapata y decía: “Creo que ya es hora de empezar a sembrar”, y tomaba su azadón y empezaba a echar punta. Nosotros lo seguíamos, como una de las pocas autoridades que reconocíamos.



Sueño número 2


Soñé que estaba hospedado en hotel de Europa, cuando vi en la televisión que informaban sobre el fraude de una persona en un cajero automático, robándose 122 millones de dólares. El reportaje televisivo era muy bueno, y explicó, paso por paso, cómo lo consiguió. Entonces, yo intenté hacer lo mismo en el cajero automático del mismísimo hotel en que me encontraba. Así que lo hice, y, de repente, salió el mensaje de espera:


ESPERE UNOS MINUTOS

ESTAMOS PROCESANDO SU SOLICITUD


Entonces, por la pura fuerza, salieron dos monedas de un dólar cada una, y luego un billete de a veinte dólares, y después uno de a cien. Y, así, en un loop impresionante. Me imaginé –en mi sueño, por su puesto- que esa operación la haría un millón de veces, hasta completar los 122 millones de dólares.


Empecé a suponer que el cajero automático se estaba sobrecalentando, cuando empecé a ver que los billetes salían quemados, es decir, como que si fueran galletas que están mucho tiempo en el horno.


Ya estaba tardando demasiado, y yo, que estaba en el lobby del hotel, temía parecer demasiado sospechoso. Entonces, entró mi papá, a quien lo imaginé –en el sueño, por supuesto- como Andrés García, pero ya viejito. Seguramente, mi subconsciente recordó los últimos capítulos que vi de la novela El privilegio de amar, en repetición, doce años después, en el canal Telenovelas.


Yo estaba muy apenado, porque pensaba que mi papá se iba a dar cuenta de lo que hacía. Entonces, como por suerte del destino –cosas que sólo ocurren en sueños- el cajero terminó la operación, pero no sabía si era porque ya me había dado mis 122 millones de dólares, o porque se había quedado sin dinero.


Entonces, entró mi hermanita menor, la que nunca tuve, que se parecía –en el sueño, por supuesto- a la niña que aparecía en la serie Mi profesor favorito; y dijo: “Es ridículo que no puedan capturar a alguien con 122 millones de dólares en efectivo, porque eso forma un montón de billetes, imposible de cargar”.


Me empezó a entrar pánico, porque ahora no sabía cómo esconder todo el dinero que había sacado del cajero electrónico. Sobre todo, porque sabía -en el sueño- lo difícil que es llevar ahora mucho dinero en efectivo en los aeropuertos.


Era tal mi angustia, que me vi forzado a despertarme.


Tras algunos minutos de haberme despertado, reflexioné sobre lo que hubiera hecho. Hubiera gastado todo lo que hubiera podido, e incluso hubiera comprado varias maletas para llevarme toda la mercancía y hubiera pagado sobrepeso, sin importar cuánto era. Ya en el aeropuerto, hubiera tirado en el baño el dinero que me sobrara, sin importar cuántos millones fueran.


Tras varias horas de haber reflexionado esta solución, me di cuenta de que era inviable, empecé a cuestionarme de dónde había sacado tanta mulada y me juré a mí mismo, como si fuese un propósito de Año Nuevo, dejar de jugar tanto Mafia Wars.


Sueño número 1


Soñé que estaba a punto de abrir el portón de mi casa, cuando una sombra en la calle me previno de algo sospechoso. Con cautela abrí (porque supongo que, en el sueño, tenía prisa de irme de la casa), y observé que no había nadie afuera. Sin embargo, noté que sí había alguien adentro de mi carro, que estaba estacionado afuera. Recordé -dentro del sueño, por supuesto- que recientemente me habían abierto el carro para robarme todo lo que se pudiera, sobre todo la llanta de repuesto y la herramienta para cambiarla.

Sentí temor de que los presuntos delincuentes me vieran y creyeran que los iba a delatar. Sin embargo, pudo observar que no eran los presuntos delincuentes, sino que una pareja que, en busca de un poco de privacidad, habían abierto mi carro para besarse (o algo más) lejos de la mirada de la gente. Eso, a pesar de que, dentro del sueño, ya era muy noche, y las calles estaban desiertas.

Entonces, del pánico pasé a una actitud más valerosa. Toqué el cristal del carro, y pronto salió el hombre. Y, a pesar de que ya había descartado la idea, su imagen me evocó a esos delincuentes que infunden miedo con sólo verlos, y supuse que él me estaba advirtiendo que lo dejara en paz, porque si no ya no lo iba a contar (o escribir, en este caso).

Pero yo no me amilané. Hice el ademán como de sacar una pistola; entonces él retrocedió y se mostró dócil. Se fue para atrás, como queriendo tener más espacio de acción en caso disparase yo con mi presunta pistola, hasta que topó él en la casa de enfrente, y ya no tuvo remedio. Se volteó y dejó expuesta su mochila que llevaba en las espaldas.

Para tal situación, la supuesta mujer que estaría dentro de mi vehículo ya se había esfumado, así como se esfuman las mujeres dentro de los sueños.

El hombre estaba acurrucado de espaldas, vencido, y exponiendo su mochila. Yo la abrí para ver qué armas traía él, y encontré puras llaves inglesas, y supuse que ciertamente él era ladrón de piezas de vehículos, y que seguramente éste era el hijueputa que me había robado mi llanta y herramienta para cambiarla.

Entre las llaves inglesas, reconocí un cuchillo romo, parte de los cubiertos de mi casa. Lo reconocí y supe de inmediato que ese cuchillo era muy pesado, así que lo saqué, y le empecé a pegar en la coronilla con la parte con que se toma el cuchillo, es decir, no con el filo.

Él tenía de esas gorritas, casi pasamontañas, que usan en nuestros clichés los ladrones, y entonces se la quité para que la sangre brotara de su mollera. Recordé la mollera suave de mi hija. Al quitarle el gorrito, pude ver que su piel era oscura, como café, y que era pelón, completamente.

Un señor iba pasando por la calle. Fui tan sinvergüenza que ni siquiera disimulé y parar mi acción violenta. “Buenas tardes; yo vivo ahí enfrente”, le dije. Y, entonces, él sabiendo que yo era vecino, continuó su camino. Si yo pudiera oír en sueños, hubiera jurado que se fue silbando.

No sé en qué terminó el ladrón. Supongo que lo maté.